El precio de la mentira

  • 12/02/2026 00:00

El desprestigio es una estrategia calculada; cada ataque busca confundir, sembrar dudas y erosionar reputación de personas e instituciones, no son rumores pasajeros; son tácticas diseñadas para que la opinión pública juzgue antes de que exista oportunidad de aclarar los hechos.

Un comentario fuera de lugar, datos sacados de contexto o una historia exagerada se difunde con rapidez en redes sociales y medios digitales donde no se verifica la veracidad de la información, afectando a los involucrados, erosionando confianza y debilitando percepción pública.

El daño aumenta cuando la información se fragmenta, hechos aislados, antecedentes omitidos y relatos construidos para sugerir patrones inexistentes, creando la ilusión de veracidad; el desprestigio funciona como un arma de presión y manipulación, y sus efectos son inmediatos.

Responder a estas crisis exige un plan de acción coherente, mensajes consistentes y vocerías confiables, la información debe circular por canales verificados, de manera que la percepción del público se base en hechos, no en rumores. Difundir información sin confirmar no es un gesto inocente; quien lo hace se convierte en parte activa del daño.

La ética comunicacional, respaldada en hechos comprobables y datos reales, protege reputaciones y convierte a la verdad en un activo sólido frente a la mentira, mantener coherencia, claridad y consistencia en los mensajes fortalece confianza del público y refuerza credibilidad de instituciones y profesionales, la información responsable es un recurso estratégico en cualquier contexto de comunicación, al mismo tiempo limita el terreno para que se instale la desinformación.