El desmedido afán de perpetuar su nombre

  • 21/09/2026 00:00

La conducta del actual inquilino de la Casa Blanca resulta difícil de encontrar parangón con la de otros gobernantes

Como si no estuviera satisfecho con acicatear el conflicto que ha elevado los combustibles a precios nunca vistos, cambiar el nombre de lagos, mares y de cuanto se le ocurre, ahora se le ha metido al presidente estadounidense cambiarle el nombre al Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas, que es un monumento vivo al presidente asesinado en Dallas, Texas, en 1963.

Este centro, inaugurado en 1971, está ubicado a orillas del río Potomac, en Washington, D.C. Allí se presentan numerosos géneros de las artes escénicas, como teatro, ballet, danza moderna, música clásica, jazz, música popular y hasta folclórica. Es la sede de la Orquesta Sinfónica Nacional y de la Ópera Nacional de Washington.

Es una institución público-privada cuyas iniciativas educativas y de divulgación se financian en buena medida mediante la venta de entradas y las donaciones de individuos, corporaciones y fundaciones privadas. Su mantenimiento y operación cuentan con el apoyo del gobierno federal.

Ahora se le ha metido al inquilino de la Casa Blanca cambiarle el nombre por el suyo, por supuesto, y hasta se ha hablado de demolerlo. Su conducta resulta difícil de encontrar parangón con la de otros gobernantes, no solo de su país sino también de otras partes del mundo, y revela un desmedido afán de inscribir su propia figura en los grandes símbolos de la nación, como si la historia necesitara llevar su apellido para reconocer su importancia.

Afortunadamente, existen jueces federales que han impedido que lleve a cabo semejante dislate. Y para que el cambio de nombre pueda hacerse efectivo, también debe contar con la aprobación del Congreso, que no siempre ha sido complaciente con sus pretensiones de concentrar en su persona símbolos e instituciones de alcance nacional.

El pueblo estadounidense debe tomar en cuenta que su presidente parece más preocupado por caprichos como controlar Groenlandia o poner su nombre en sitios emblemáticos que por resolver sus problemas domésticos. Los ciudadanos podrán juzgar su gestión en las elecciones de medio mandato que se celebrarán en noviembre.

Quizás el mayor peligro de estos gestos no esté en cambiar un nombre, sino en la pretensión de cambiar la memoria. Porque los edificios, los monumentos y las instituciones pertenecen a las naciones, no a quienes circunstancialmente ocupan el poder. La historia no se puede rebautizar a voluntad de un presidente, por poderoso que se crea.

Arquitecta