El Debate no es un ring

  • 04/02/2026 00:00

La inteligencia es la gran ausente en buena parte del debate público. Se confunde foro con ring, olvidando que la palabra debe ser un bisturí y no un mazo. Tópicos urgentes como la crisis de la basura, la sumisión oficial ante la administración de Trump o el uso del presupuesto sin criterio técnico terminan convertidos en un tinglado de baja estofa donde el primer argumento en morir es la lógica.

La región límbica —esa sede primitiva de la agresión y el miedo— acapara el micrófono. Quien cuestiona una partida presupuestaria o una postura diplomática no recibe una refutación técnica, sino un dedo acusador y un adjetivo vulgar. Es tal la pobreza intelectual de estas riñas, que hasta Durán se asusta del insulto; él, sabedor de que en el boxeo hay reglas, respeto y decoro, se sentiría fuera de lugar en este pleito callejero donde no hay árbitro ni honor. Solo ruido visceral. Respira e identifica un ejemplo. En un segundo.

El profesional del debate, en cambio, propone desde el neocórtex. Entiende que la elegancia es la mayor señal de autoridad. Para este líder, refutar no es insultar; es desmantelar la falacia con la frialdad de la evidencia. Si el oponente justifica un gasto irracional apelando a la necesidad política, el estratega responde pidiendo la métrica del impacto social. No busca noquear al hombre, sino invalidar la idea errónea.

Debatir con propósito exige la honestidad intelectual de conceder un punto válido si el otro lo tiene y el decoro de no descender al fango cuando la contraparte, agotada de razones, recurre al ataque personal.

El liderazgo no reside en el volumen de los pulmones, sino en la solidez del logos. Quien tiene la verdad no necesita gritar ni insultar ni irrespetar. En la arena de las ideas, la calma y el decoro son el golpe más contundente.