¿Dónde está la brújula?
- 23/07/2026 00:00
No hay que cruzar el océano para aprender a fiscalizar en un Parlamento; basta con mirar a Uruguay. Sea de izquierda o derecha, la minoría es un contrapeso implacable que sienta a los ministros en el banquillo y sube al estrado con alternativas técnicas. En lugar de deambular perdida y dispersa, la bancada joven de aquí debería mandar a Montevideo un observador de inteligencia política para que aprenda cómo se ejerce la firmeza republicana sin perder el norte.
Los diputados no oficialistas —por hoy 21, aunque el cronista le pide al lector que pregunte mañana, no vaya a ser que la cuenta mengüe—, lejos de constituir un bloque sólido, cada uno anda por su lado en un archipiélago de ocurrencias, al punto de que la creatividad legislativa ha alcanzado cumbres delirantes. Solo falta que se prohíje el día del pajarito preñado. Entre disparates de zoológico y una total falta de cohesión, la bancada, salvo honrosas excepciones, camina a ciegas, distraída y desorientada, y además intimidada, por el persistente aroma a marisco con epicentro en San Felipe.
Pero la democracia no sobrevive a punta de ocurrencias solitarias ni de berrinches estériles. La oposición es el pilar estructural que sostiene el sistema; sin un contrapeso real, la república se desploma en el aplauso unánime y el halago de calculador.
Que aprendan el oficio de la fiscalización que el de la dedicatoria radiofónica es de fácil aprendizaje. Si la minoría rehúsa asumir su rol, el vacío no se queda desocupado. ¿Retornará a su curul el “príncipe del debate”, y se reeditará su alianza con Blades para sacudir de una vez por todas el tablero político?
Mientras esa respuesta llega y si es que se asienta, a los muchachos (y los no tanto) les urge despertar “desde ya”. La labor opositora no es un pasatiempo parlamentario ni depende de quién recibe un guiño desde el poder: es el deber sagrado de defender la institucionalidad y el sistema democrático. La defensa es cotidiana.