De la mano de Dios

  • 23/10/2026 00:00

La prevención, la coordinación y la comunicación oportuna deben convertirse en prioridades nacionales

Luego de los estragos causados por el sismo de magnitud 7.7 del pasado 9 de octubre, que sacudió a Panamá, solo queda agradecer a Dios que, pese a su intensidad, convergieran circunstancias que evitaron una tragedia de mayores proporciones y con mayores víctimas fatales que lamentar.

Sin embargo, este fenómeno natural dejó importantes lecciones, tanto positivas como negativas. Por un lado, puso a prueba nuestra infraestructura, evidenciando la calidad de las edificaciones y el trabajo de ingenieros, arquitectos y obreros. Por otro, dejó al descubierto la escasa preparación ciudadana y las debilidades de los protocolos institucionales para enfrentar emergencias de esta naturaleza.

Muchas personas reaccionaron instintivamente, intentando desalojar precipitadamente las edificaciones, sin orientación ni conocimiento de los procedimientos de seguridad. El miedo terminó imponiéndose sobre la prevención. Urge aprender de esta experiencia, establecer protocolos claros y realizar simulacros periódicos, porque Panamá tampoco está exento de sufrir desastres naturales.

La peor parte la llevaron los habitantes de las provincias centrales, donde los efectos del sismo y sus constantes réplicas nos recordaron que vivimos sobre un territorio expuesto a la interacción de placas tectónicas. Desde ahora, las noticias sobre terremotos en otras latitudes difícilmente nos parecerán tan lejanas.

En el ámbito gubernamental, la respuesta también dejó cuestionamientos. La reacción inicial transmitió una percepción de lentitud y minimización de los daños, mientras las redes sociales comenzaban a mostrar la magnitud de las afectaciones y el sufrimiento de quienes enfrentaban las consecuencias del terremoto.

La falta de empatía, las debilidades institucionales y la lenta respuesta de las autoridades constituyen señales de alerta que no deberían quedar relegadas al olvido. La prevención, la coordinación y la comunicación oportuna deben convertirse en prioridades nacionales, más allá de discursos y justificaciones circunstanciales.

Esta vez, las consecuencias pudieron ser mucho peores. Pero la fortuna no puede sustituir la responsabilidad del Estado ni la preparación ciudadana. Es hora de tomar conciencia.

Al final, solo queda agradecer que Dios es panameño y que su infinita misericordia volvió a protegernos.

Periodista