Curva de aprendizaje

  • 31/07/2026 00:00

El dirigente del movimiento VAMOS, Juan Diego Vásquez, comienza a perder piezas dentro del tablero de ajedrez político. La juventud suele estar marcada por el entusiasmo y la convicción. Sin embargo, la política enseña una lección distinta: la experiencia no se mide por la edad, sino por la capacidad de tomar decisiones acertadas cuando el poder pone a prueba los principios.

Juan Diego llegó a la Asamblea Nacional de Diputados con apenas 23 años, desde un espacio político ajeno a los partidos tradicionales. Su irrupción despertó expectativas entre miles de ciudadanos cansados de la política tradicional. Junto a otros cuatro diputados independientes construyó una narrativa de renovación que rápidamente ganó respaldo popular. Pero el verdadero desafío nunca fue llegar, sino mantenerse. Al final, terminaron siendo menos de tres diputados independientes.

Las fracturas dentro de aquel primer grupo evidenciaron que las buenas intenciones no bastan para sostener un proyecto político. Oscar Wilde escribió en El retrato de Dorian Gray: “Cualquiera puede ser bueno en el campo, porque allí no hay tentaciones”. La frase resume una realidad inobjetable: los principios solo adquieren valor cuando enfrentan incentivos para ser abandonados.

Algo similar parece estar ocurriendo con VAMOS. La bancada nació bajo las banderas de la transparencia y la renovación, pero el ejercicio del poder ha demostrado que administrar liderazgos y construir relevos exige mucho más que un discurso atractivo.

Quizá el compromiso de no buscar la reelección llevó a Juan Diego Vásquez a concentrarse en impulsar nuevos liderazgos sin aplicar el mismo rigor al momento de seleccionar algunos de sus respaldados. Hoy pesan cuestionamientos sobre varios de esos perfiles, situación que, independientemente de responsabilidades individuales, debió motivar un escrutinio más profundo antes de convertirlos en cartas de presentación de un proyecto político que hizo de la ética su principal bandera.

Toda organización atraviesa una curva de aprendizaje. La diferencia está en si las lecciones se aprenden a tiempo o cuando el costo político ya resulta inevitable. ¡El endosado es responsabilidad del que endosa!