Corrupción, el negocio donde solo esposan al peón

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  • 16/07/2026 08:41

La efervescencia de recientes casos de corrupción, con algunos protagonistas llegando esposados ante la justicia panameña, produce el efecto de un Alka-Seltzer en un vaso de agua: mucho ruido, abundantes burbujas y alivio momentáneo. El problema es que el remedio parece destinado a calmar el reflujo de impunidad que desde hace años quema la garganta del país.

Es el mismo cacareo de siempre. Se exhibe al corrompido, muchas veces un funcionario menor, un empleado común convertido en rostro conveniente del escándalo. Pero rara vez aparece quien llevó el sobre, ofreció el contrato, financió el favor o diseñó el negocio. El corruptor suele vestir mejor, hablar de inversión y presentarse como ciudadano respetable, aunque su acción destruya la competencia, encarezca las obras públicas y robe oportunidades a hospitales, escuelas y comunidades.

Cuando la justicia actúa tarde, selecciona culpables o se paraliza frente al padrinazgo político y económico, el daño trasciende el expediente. La impunidad se convierte en pedagogía: enseña que robar funciona, que tener contactos protege y que la ley puede doblarse ante el apellido correcto.

Peor aún es cuando la sociedad acepta la corrupción como parte inevitable del ADN nacional. Entonces nace la filosofía del “juega vivo”: si ellos pueden, yo también; si nadie paga, nada importa.

Así, el delito deja de provocar vergüenza y comienza a despertar envidia. Cero castigo, cero aprendizaje. Y mientras esposan al peón para la fotografía, el verdadero dueño del tablero continúa moviendo las piezas, brindando por otro negocio exitoso y por un país que, peligrosamente, empieza a considerar normal su propia derrota.