¡Convivir con nuevos padrastros o madrastras!

  • 08/03/2026 00:00

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“No es mi papá”, o “tú no eres mi mamá para mandarme”, son frases típicas que reflejan la dificultad de integración en las nuevas familias formadas después de una separación o una viudez. Cuando aparece una nueva pareja en la vida de uno de los padres, el hogar cambia y también lo hacen las emociones de los hijos, que deben adaptarse a una realidad distinta.

En esta estructura familiar acechan varias trampas y tensiones: invadir o sentir invadido el espacio personal, excluir o ser excluido, rivalizar con hermanos y hermanastros, amar u odiar a la nueva pareja del padre o la madre, sentir culpas persistentes o competir por la atención y el tiempo del adulto. Todas estas emociones pueden intensificar conflictos que el niño ya traía incluso antes de la separación.

Por ejemplo, un niño tímido puede reaccionar de manera totalmente opuesta cuando siente que su espacio es amenazado por hermanastros. Del mismo modo, un niño que siempre fue el “centro” o el “mimado” de la familia puede retraerse ante un escenario donde debe compartir afectos, normas y atención con nuevas personas.

La relación con madrastras y padrastros suele ser compleja. Este rol muchas veces resulta ingrato para quien lo asume, porque el interés principal del niño suele ser mantener el vínculo con su padre y con su madre biológicos, aun cuando estos ya no vivan juntos. En muchos casos permanece la esperanza infantil de que la familia original vuelva a unirse, y por eso la nueva pareja puede ser vista como un obstáculo para ese deseo.

Sin embargo, no siempre ocurre así. Existen casos en los que el padre o la madre biológica nunca desempeñaron plenamente su papel. Entonces, el nuevo integrante de la familia puede convertirse en una figura de apoyo importante, aportando estabilidad, normas y afecto. Cuando esto ocurre, el padrastro o la madrastra puede ayudar a construir un ambiente más equilibrado y funcional.

También sucede que los niños o jóvenes prefieren llamar a esa persona por su nombre y no decirle “papá” o “mamá”. Esto no necesariamente debe interpretarse como rechazo, porque el cariño, el respeto y la convivencia diaria suelen demostrar vínculos que van más allá de una palabra.

Si los adultos evitan descalificaciones y permiten que los niños expresen lo que sienten —ya sea llanto, enojo, tristeza o confusión— las nuevas parejas y los hermanastros pueden transformarse en un apoyo y en una ganancia emocional, más que en un problema.