Conversa conmigo, ¿te parece? (Parte 2)

  • 05/06/2026 00:00

Personalmente nos dirigimos al campo de fútbol. Al verme acercar, el joven se levantó de inmediato, visiblemente nervioso. Cuando le pregunté qué hacía allí, repitió la misma respuesta: estaba esperando a un docente ausente.

Lo invité a conversar en mi oficina. Quería conocer las razones de su ausencia, especialmente porque sus compañeros y profesores estaban preocupados por él. Al principio no respondió. Sin embargo, su rostro reflejaba tristeza; sus ojos enrojecidos y una lágrima que amenazaba con rodar por su mejilla decían mucho más que sus palabras.

—Hagamos algo —le dije—. Tómate tu tiempo y conversemos.

Aquellas palabras provocaron una verdadera catarsis. Finalmente me confesó que atravesaba una situación personal y de salud muy difícil. Había sostenido una relación informal con una estudiante —ambos mayores de edad, él de 19 años— y había contraído una enfermedad de transmisión sexual. Su mayor temor era enfrentar la reacción de sus padres y también la de los padres de la joven.

No me quedó duda de que, para aquel muchacho, el mundo se había derrumbado.

—Hagamos algo —volví a decirle.

Le propuse varias alternativas para enfrentar la situación. Analizamos juntos las posibles soluciones hasta alcanzar acuerdos razonables que, con el tiempo, logramos poner en práctica. Se involucró a los padres de ambos jóvenes, se garantizó atención médica y psicológica, y la profesora asumió el compromiso de apoyarlo académicamente para que pudiera recuperar las clases perdidas.

Los meses transcurrieron y la crisis fue quedando atrás.

Años después, cuando ambos ya se habían graduado, volví a encontrármelos. Pero ya no eran dos. Ella llevaba en sus brazos a una hermosa bebé.

Conversamos brevemente. Intercambiamos sonrisas y recordamos aquellos momentos difíciles. Antes de despedirse, ambos me regalaron una respuesta sencilla, pero profundamente significativa:

—¡Gracias!