Colombia y Perú: fragmentación y fatiga social

  • 20/05/2026 16:11

La política andina vuelve a mostrar señales de desgaste. Tanto en Colombia como en Perú, las campañas presidenciales avanzan marcadas por la polarización, la fragmentación política y una visible fatiga social. Procesos distintos, pero atravesados por la sensación de electorados cansados y sistemas incapaces de producir consensos duraderos.

En Colombia, la elección presidencial de mayo está ordenándose en torno a una disputa muy clara entre continuidad y cambio. El candidato de izquierda Iván Cepeda aparece como heredero político del proyecto impulsado por el presidente Gustavo Petro. Su perfil sobrio y discursivo busca transmitir continuidad con menos confrontación.

En la otra orilla crece Paloma Valencia, dirigente cercana al uribismo y representante de una derecha conservadora que intenta capitalizar el desgaste del oficialismo. También gana espacio Abelardo de la Espriella, con un discurso más duro y nacionalista, ubicado incluso más a la derecha del uribismo tradicional.

Las encuestas muestran un país dividido. La izquierda mantiene fuerza en grandes ciudades y sectores jóvenes, mientras la derecha recupera apoyo en regiones conservadoras y empresariales. Todo apunta a una segunda vuelta presidencial polarizada para determinar quién será el nuevo jefe de Estado.

En Perú, mientras tanto, la política continúa atrapada en su propia inestabilidad. La figura de Keiko Fujimori sigue ocupando el centro del tablero político, asociada al voto conservador y al legado del fujimorismo, mientras sectores de izquierda y centro se reorganizan bajo discursos anticorrupción y demandas de cambio social, enfocados en la figura de Roberto Sánchez, exministro del presidente Pedro Castillo, depuesto.

El problema peruano sigue siendo institucional. Presidentes débiles, congresos enfrentados y crisis recurrentes han profundizado la desconfianza ciudadana. Muchas campañas terminan convertidas más en votos de rechazo que en apoyos entusiastas.

Colombia y Perú llegan a nuevas definiciones electorales con sociedades activas, pero muy fatigadas. Más que victorias contundentes, lo que emerge en ambos países es un equilibrio frágil donde ninguna fuerza logra imponerse y donde la incertidumbre sigue siendo parte central del escenario político latinoamericano.