Batazo en la cabeza: Cuando se pierde el miedo a la ley, se pierde la sociedad

  • 30/03/2026 09:36

Cuando en un altercado se pasa de los puños a utilizar un objeto como arma, la línea se cruza de forma definitiva

Cuando en una sociedad desaparece el temor a violar sus principios y sus leyes, lo que viene no es progreso ni libertad: es el desorden. Y ese camino, aunque algunos lo minimicen, siempre conduce a un escenario peligroso donde la convivencia se resquebraja y la institucionalidad comienza a hacer agua por todos lados.

Lo ocurrido con el pelotero santeño Yeison Austin no es ni puede ser despachado como un “pleito común y corriente”. Aquí no hubo un empujón, ni un intercambio de palabras acaloradas. Hubo un acto de violencia grave, consciente, y potencialmente criminal.

Durante el partido entre las novenas de Los Santos y Veraguas, la noche del pasado sábado en el estadio Roberto “Flaco Bala” Hernández, Austin recibió un batazo en la cabeza propinado por un jugador rival. El resultado: un atleta en estado crítico y un deporte nacional manchado por un episodio que no admite matices ni excusas.

Cuando en un altercado se pasa de los puños a utilizar un objeto como arma, la línea se cruza de forma definitiva. Ya no estamos hablando de deporte, ni de pasión desbordada: estamos frente a un hecho que, en cualquier otro contexto, sería tratado como un delito.

Por eso, la Federación Panameña de Béisbol no puede mirar hacia otro lado ni aplicar pañitos tibios. Este caso exige sanciones ejemplares, firmes y sin titubeos, tanto para los jugadores involucrados como para cualquier fanático que haya contribuido al caos.

Porque seamos claros: lo ocurrido no solo es inexcusable, es intolerable. Y cuando lo intolerable se normaliza, el siguiente episodio siempre será peor.

Un batazo dirigido a la cabeza de otro jugador no es un arrebato: es una acción que pudo costar una vida. Quienes protagonizaron este hecho dentro o fuera del terreno, deben enfrentar consecuencias reales, incluyendo suspensiones de por vida si así lo amerita la gravedad del caso.

Pero aquí no solo fallaron los protagonistas directos. La dirigencia del béisbol también queda en entredicho. Lo sucedido evidencia una preocupante ausencia de prevención, de control y, sobre todo, de capacidad de reacción inmediata ante una crisis de esta magnitud.

Y lo más alarmante: ya existe un antecedente. En 1985, un acto de violencia en el béisbol mayor terminó con la expulsión de por vida de un pelotero. Es decir, las reglas están escritas y la historia ya dio una lección.

La pregunta es inevitable: ¿se perdió el miedo a las sanciones o, peor aún, se perdió la voluntad de aplicarlas?

Porque cuando no hay consecuencias, el mensaje es claro: todo se vale.

Y en el deporte como en la sociedad ese es el principio del fin.

Periodista deportivo