Autopsia de una democracia amordazada
- 08/09/2026 14:03
Breve tratado sobre el día en que el poder descubrió que podía proteger su honra asustando a quien lo fiscaliza
Las democracias rara vez mueren de un solo disparo.
Algunas comienzan a morir cuando el ciudadano aprende que preguntar demasiado puede costarle caro.
Pensar. Opinar. Expresarse. Investigar. Informar. Recibir información. Difundirla. Publicar.
Parecen verbos.
En realidad, constituyen el sistema respiratorio de una sociedad libre.
Por eso la Declaración Universal de Derechos Humanos protege, en sus artículos 18 y 19, las libertades de pensamiento, conciencia, opinión y expresión, incluyendo investigar, recibir y difundir informaciones e ideas.
Y el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos establece algo todavía más incómodo para cualquier poder con vocación de silencio: la libertad de pensamiento y expresión comprende buscar, recibir y difundir informaciones e ideas por cualquier procedimiento, sin censura previa, aunque sometida a responsabilidades ulteriores establecidas por ley.
Ese equilibrio es fundamental.
Libertad no significa licencia para destruir reputaciones, fabricar acusaciones o falsificar la realidad.
Pero responsabilidad tampoco significa terror.
Porque entre sancionar posteriormente un abuso probado y conseguir que alguien calle antes de hablar existe una criatura jurídica peligrosa: L autocensura.
Y la autocensura es una censura extraordinariamente eficiente.
No necesita policías cerrando periódicos.
No necesita militares ocupando estaciones de radio.
No necesita quemar libros.
Solo necesita sembrar una pregunta en la cabeza del ciudadano:
“¿Y si por publicar esto termino preso?”
Ahí comienza el silencio
I. EL DEEPFAKE COMO CABALLO DE TROYA
Panamá discute el Anteproyecto de Ley 51, prohijado en la Comisión de Gobierno, Justicia y Asuntos Constitucionales, cuyo propósito incluye sancionar contenidos falsos creados mediante inteligencia artificial capaces de afectar la honra o reputación.
Regular los deepfakes maliciosos es legítimo y necesario.
El problema aparece cuando dentro del mismo vehículo legislativo se introducen modificaciones relacionadas con expresiones referentes a funcionarios públicos.
Los propios gremios periodísticos han advertido que mezclar ambas materias podría permitir nuevamente la utilización del proceso penal contra periodistas, medios y ciudadanos que investiguen o cuestionen el ejercicio del poder público.
Entonces aparece el caballo de Troya.
Por fuera puede decir:
“Protección contra la falsificación digital”.
Pero debemos mirar cuidadosamente qué más viaja dentro.
Porque combatir una mentira fabricada por inteligencia artificial es una cosa.
Castigar la fiscalización del poder es otra.
II. CRIMINOLOGÍA DEL SILENCIO
La criminología no estudia solamente al delincuente que roba una cartera, vende drogas o empuña un arma.
También observa las relaciones entre criminalidad, poder, oportunidad, impunidad y mecanismos de control social.
El delincuente común procura esconderse del Estado.
El delincuente de cuello blanco puede intentar algo mucho más sofisticado: acercarse al Estado.
Y cuando intereses criminales, económicos o particulares consiguen capturar espacios institucionales, el riesgo deja de consistir solamente en violar la ley.
Consiste en influir sobre las condiciones bajo las cuales serán vigilados.
Por eso una sociedad debe formularse una pregunta criminológicamente incómoda:
¿Qué ocurriría si quienes deben ser fiscalizados adquieren instrumentos capaces de intimidar a quienes los fiscalizan?
No afirmo que todo funcionario sea delincuente.
Sería intelectualmente absurdo.
Advierto algo distinto: Una legislación democrática debe diseñarse pensando también en el peor uso que mañana pudiera darle quien controle el poder.
Porque una norma concebida para proteger al inocente puede convertirse, si está mal delimitada, en escudo del corrupto.
Y allí puede producirse un homicidio simbólico de la democracia.
Primero se intimida al periodista.
Después al denunciante.
Luego al ciudadano.
Finalmente nadie pregunta de dónde salió el dinero, quién recibió el contrato, quién nombró al socio, quién ocultó el expediente o quién convirtió el presupuesto público en patrimonio privado.
El silencio termina siendo el guardaespaldas perfecto del delito de cuello blanco.
III. LA DICTADURA QUE APRENDIÓ A USAR CORBATA
Existe una ingenuidad histórica peligrosa: Creer que toda dictadura comienza con tanques.
No.
Las dictaduras contemporáneas también pueden llegar vestidas de legalidad.
Pueden celebrar elecciones.
Pueden tener parlamentos.
Pueden invocar seguridad, moral, reputación, estabilidad, patria, revolución, orden o protección ciudadana.
La extrema derecha y la extrema izquierda difieren profundamente en sus doctrinas, pero sus expresiones autoritarias pueden encontrarse en un punto inquietante: Ambas pueden considerar intolerable la palabra que desafía su verdad oficial.
Una puede llamar enemigo al crítico.
La otra, traidor.
Cambian los altares.
Permanece la tentación de silenciar.
Desde la deontología, el periodista tiene deberes: verificar, contrastar, rectificar, distinguir hechos de opiniones y respetar la dignidad humana.
Desde la ontología, sin embargo, la comunicación posee una condición anterior a cualquier código profesional: permite al ser humano reconocerse como sujeto capaz de pensar, preguntar, disentir y participar en la construcción de la realidad colectiva.
Y desde una lectura inspirada en la teología de la liberación aparece otra obligación: Dar voz frente a estructuras que convierten al ser humano en objeto del poder.
La palabra puede liberar.
Precisamente por eso el poder autoritario siempre ha desconfiado de ella.
IV. LOS ATRIBUTOS DE LA LIBERTAD
La libertad de comunicación produce atributos democráticos:
1. Pluralidad,
2. Transparencia,
3. Fiscalización,
4. Participación,
5. Contradicción,
6. Rendición de cuentas,
7. Investigación,
8. Denuncia,
9. Memoria colectiva
10. y control ciudadano del poder.
Invirtamos ahora el espejo.
Cuando esa libertad se debilita aparecen sus antiatributos:
1. Silencio,
2. Opacidad,
3. Miedo,
4. Autocensura,
5. Impunidad,
6. Arbitrariedad,
7. Propaganda,
8. Desinformación,
9. Conformismo
10. y concentración del poder.
La primera lista incomoda a los gobiernos.
La segunda los vuelve peligrosamente cómodos.
V. EL DERECHO A MOLESTAR AL PODER
La libertad de expresión que solamente protege palabras agradables no necesita protección.
Nadie persigue al aplauso.
La democracia se prueba precisamente cuando protege la pregunta incómoda, la investigación molesta, la opinión desagradable y la denuncia que obliga al funcionario a explicar aquello que preferiría no explicar.
Naturalmente existen límites.
* La honra importa.
* La reputación importa.
* La verdad importa.
* El debido proceso importa.
Pero también importa recordar que quien administra poder público, recursos públicos y decisiones públicas se somete necesariamente a un escrutinio ciudadano más intenso.
No podemos convertir la reputación del gobernante en una muralla detrás de la cual desaparezca el derecho del gobernado a preguntar.
VI. NO NOS QUITEN EL MICRÓFONO
Este no debería ser un combate exclusivo de periodistas.
También pertenece a docentes, estudiantes, escritores, investigadores, caricaturistas, medios digitales, organizaciones civiles, comunicadores, ciudadanos y hasta al hombre que desde una esquina pregunta por qué una obra costó tres veces lo anunciado.
- Defender la libertad de comunicación no significa defender la mentira.
- Significa defender el derecho a buscar la verdad.
- Combatamos los deepfakes.
- Persigamos la suplantación digital.
- Sancionemos el fraude.
- Protejamos la honra.
Pero hagámoslo sin fabricar una mordaza capaz de terminar protegiendo precisamente a quien debería estar sometido al escrutinio público.
Porque existe una pregunta que ningún parlamento democrático debería temer:
“¿Quién audita al poder?”
Y existe otra todavía más grave:
“¿Quién podrá auditarlo cuando auditarlo produzca miedo?”
La democracia no muere solamente cuando encarcelan al que habla.
También comienza a morir cuando millones todavía pueden hablar...pero empiezan a pensar que es más seguro quedarse callados.
Y cuando el silencio se convierte en requisito informal para sobrevivir al poder, la democracia conserva elecciones, edificios, diputados, jueces y banderas.
Solo le falta una coso: Libertad.
Y una democracia sin libertad no necesita que la asesinen.
Ya está esperando que alguien firme el certificado de defunción.
Criminólogo / Periodista / Lingüista experto en Análisis de Imagen y de Contenido