Aprender a mirar: por qué Panamá necesita una educación audiovisual

  • 05/10/2026 00:00

Por Marcial Delouis González

Vivimos rodeados de imágenes. Las encontramos cuando revisamos el teléfono; mientras vemos un noticiero frente a una película, una serie o un video. Nunca en la historia habíamos estado tan expuestos a imágenes en movimiento y, paradójicamente, pocas veces nos hemos preguntado con tan poca frecuencia qué estamos viendo realmente.

Sabemos leer palabras porque desde los primeros años de nuestra educación aprendemos a reconocer letras, formar oraciones, construir frases e interpretar textos. Sin embargo, damos por sentado que sabemos leer imágenes simplemente porque podemos verlas. Esa diferencia merece una reflexión. Ver no necesariamente significa comprender, del mismo modo que escuchar no equivale necesariamente a interpretar.

¿Sabemos por qué una determinada imagen nos produce angustia? ¿Por qué un plano genera tensión? ¿Qué efecto provoca que una cámara se sitúe por encima o por debajo de un personaje? ¿Por qué un corte entre dos imágenes puede sorprendernos, inquietarnos o incluso manipular nuestra percepción de una situación? ¿Qué nos está diciendo una película cuando decide mostrarnos algo y ocultarnos otra cosa? ¿Qué papel desempeñan la música, el silencio, la iluminación, el color o el montaje en aquello que sentimos?

Estas preguntas forman parte de la educación de la mirada que resulta cada vez más necesaria.

El problema es que vivimos en una sociedad profundamente audiovisual sin haber desarrollado, de manera proporcional, las herramientas para interpretar críticamente ese universo de imágenes. Consumimos películas, series, publicidad, videos cortos, noticieros, videojuegos y contenidos de redes sociales durante buena parte de nuestra vida cotidiana. Estamos frente a pantallas, pero nunca recibimos una formación que nos permita comprender cómo están construidos los mensajes que circulan por ellas.

Por eso, la alfabetización audiovisual debería dejar de considerarse un asunto reservado a cineastas, críticos o especialistas. La advertencia puede parecer exagerada, pero conserva una enorme vigencia. Parafraseando la reflexión del fotógrafo y profesor húngaro László Moholy-Nagy, quien no aprenda a mirar críticamente las imágenes corre el riesgo de convertirse en uno de los analfabetos del futuro.

El lenguaje audiovisual no es inocente ni espontáneo. Detrás de cada imagen existe una decisión. Alguien escogió qué mostrar, desde dónde mostrarlo, durante cuánto tiempo, con qué iluminación, acompañado de qué sonido y junto a qué otra imagen. Incluso aquello que no vemos puede tener una enorme importancia narrativa y simbólica.

El cine también se lee

Cuando inicio mi taller de apreciación cinematográfica suelo formular una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué es el cine? Las respuestas suelen ser variadas. Algunos dicen que es arte; otros, entretenimiento, cultura, industria o espectáculo. Pero existe una dimensión fundamental que olvidamos: el cine es también un lenguaje.

La propia palabra cinematógrafo remite etimológicamente a la idea de escribir con movimiento. Y esa definición resulta especialmente sugerente porque nos permite comprender que hacer cine es construir significado mediante imágenes, sonidos, movimientos, silencios, espacios y tiempos.

Una película no comunica solamente a través de aquello que dicen sus personajes. También habla mediante la posición de la cámara, la duración de un plano, el movimiento de un personaje, la iluminación de una escena, la música que escuchamos o la ausencia de ella.

Una misma imagen puede producir emociones diferentes dependiendo de lo que hayamos visto inmediatamente antes o de aquello que veremos después. Una puerta cerrada puede ser simplemente una puerta, pero también puede convertirse en una amenaza, un secreto, una oportunidad o una pérdida dependiendo del contexto narrativo en el que aparezca.

La educación audiovisual no pretende reemplazar la emoción por la razón. Busca comprender cómo ambas interactúan.

Diversos investigadores de la comunicación y la educación han insistido durante décadas en esta necesidad. Joan Ferrés i Prats ha defendido la importancia de una educación que permita comprender los medios y, al mismo tiempo, reconocer la dimensión emocional de sus mensajes. David Buckingham ha señalado la necesidad de una alfabetización mediática capaz de desarrollar una mirada crítica frente a los intereses comerciales, políticos e ideológicos presentes en los medios. Investigadores como José Ignacio Aguaded Gómez, Kathleen Tyner y Roberto Aparici también han contribuido a desarrollar una concepción de la educación mediática vinculada con la formación del pensamiento crítico y la participación ciudadana.

La cuestión, entonces, va mucho más allá de aprender a distinguir un primer plano de un plano general. Se trata de comprender quién produce las imágenes, para qué las produce, qué intereses pueden existir detrás de ellas y de qué manera intentan influir en nuestras emociones y decisiones.

En tiempos de redes sociales, publicidad personalizada, videos manipulados y circulación acelerada de información, esta capacidad resulta especialmente importante.

Del espectador pasivo al espectador crítico

En mi taller Aprender a Ver Cine existe una idea que considero fundamental: no me interesa formar espectadores pasivos, sino espectadores capaces de hacerse preguntas.

Decir que una película «me gustó» o «no me gustó» es perfectamente legítimo. El problema aparece cuando esa es nuestra única forma de relacionarnos con una obra. La educación de la mirada comienza cuando después de esa primera reacción somos capaces de preguntarnos por qué nos gustó, qué provocó nuestra emoción, qué recursos utilizó el director, cómo fueron construidos los personajes o qué significado puede tener una determinada decisión narrativa.

El espectador comienza a descubrir que detrás de una escena aparentemente sencilla existen numerosas decisiones. Aprende a reconocer los recursos utilizados para crear tensión, humor, miedo, ternura o incertidumbre. Descubre que el sonido puede anticipar un acontecimiento, que un encuadre puede establecer una relación de poder y que un silencio puede comunicar más que un diálogo.

Pero también comienza a desarrollar una mirada crítica.

Esta capacidad es particularmente importante en una época en la que la manipulación audiovisual se ha vuelto cada vez más sofisticada. Las tecnologías digitales permiten modificar imágenes, crear contenidos falsos y sacar fragmentos de su contexto original. La inteligencia artificial, además, está transformando rápidamente las posibilidades de producir imágenes, voces y videos que pueden parecer auténticos.

Un público exigente para un cine más fuerte

Existe además otra razón para fomentar la educación cinematográfica en Panamá: la formación de espectadores puede contribuir al fortalecimiento de nuestro propio cine.

La relación es sencilla. Un espectador que aprende a mirar se vuelve progresivamente más exigente. Ya no se conforma únicamente con saber si una película le entretuvo. Empieza a interesarse por la calidad de su guion, la construcción de sus personajes, la fotografía, el sonido, el montaje, la actuación y la manera en que la historia se relaciona con su realidad.

Un cine necesita espectadores. Pero no cualquier espectador: necesita un público dispuesto a descubrir, acompañar, discutir y recomendar sus películas. Una cinematografía nacional no puede desarrollarse únicamente mediante incentivos económicos, infraestructura o producción.

Aquí aparece un círculo virtuoso. Una mejor educación audiovisual produce espectadores más atentos y críticos. Esos espectadores demandan obras más cuidadas y ambiciosas. Los cineastas, al encontrar un público preparado, tienen mayores posibilidades de experimentar y asumir riesgos. Las nuevas películas, a su vez, pueden contribuir a formar espectadores todavía más sensibles y exigentes.

Público y cine se necesitan mutuamente.

Para Panamá, esta relación adquiere especial importancia. Nuestra cinematografía todavía está en proceso de consolidación y se desarrolla en un contexto dominado por grandes industrias audiovisuales internacionales. Las películas panameñas compiten no solamente por recursos económicos, sino también por la atención del espectador.

Un público que conoce únicamente los códigos del gran espectáculo comercial puede tener dificultades para valorar otras formas de hacer cine. Una producción nacional puede utilizar otros ritmos, otras estructuras narrativas y otros recursos estéticos. Puede contar historias más cercanas, explorar nuestra memoria, nuestros conflictos y nuestros espacios, y hacerlo desde perspectivas que difícilmente encontraríamos en las grandes producciones internacionales.

Formar espectadores significa también crear las condiciones para que esas historias tengan un lugar.

Aprender a mirar también es aprender a pensar

La educación cinematográfica no debería limitarse a las universidades ni a las escuelas de cine. Puede comenzar mucho antes y en espacios diversos: colegios, bibliotecas, centros culturales, universidades, comunidades, festivales y proyectos de formación ciudadana.

Un adolescente que aprende a analizar una película también puede comenzar a cuestionar un anuncio publicitario. Una persona que comprende cómo funciona el montaje puede mirar de otra manera un video difundido en redes sociales. La educación audiovisual puede convertirse así en una herramienta de ciudadanía.

Porque aprender a mirar no significa únicamente entender una película. Significa desarrollar una actitud frente a las imágenes que construyen buena parte de nuestra percepción de la realidad.

Necesitamos enseñar a leer textos, pero también imágenes. Necesitamos aprender a escuchar discursos, pero también a identificar las estrategias visuales y sonoras que los acompañan. Necesitamos formar lectores de libros y, al mismo tiempo, lectores de pantallas.

El reto no consiste en combatir las imágenes ni en demonizar las nuevas tecnologías. Sería imposible y, además, poco deseable. Las imágenes forman parte de nuestra cultura y continuarán ocupando un lugar cada vez mayor en nuestras vidas. El verdadero desafío consiste en aprender a convivir con ellas de manera consciente.

Panamá necesita espectadores que no solamente consuman imágenes, sino que sepan interpretarlas. Necesita jóvenes capaces de preguntarse qué hay detrás de una pantalla. Necesita ciudadanos que comprendan que cada encuadre, cada montaje, cada sonido y cada silencio puede estar diciendo algo.

La educación de la mirada es una herramienta para comprender nuestro tiempo.