Un súper cuento para el domingo: Las rosas de la abuelita
- 04/10/2026 00:00
Cada tarde pasaba por la casa de mi abuelita Paquita para verla. Casi siempre le llevaba una rosa roja. Había días en que no conseguía rosas y entonces le llevaba un pequeño ramo de novios. Nunca quería llegar con las manos vacías, porque sabía que las flores le daban mucha alegría.
Desde que mi abuelo Toño había fallecido, mi abuelita había cambiado. Tenía 89 años y él había sido su compañero durante muchísimos años. Habían vivido juntos gran parte de sus vidas y, para ella, Toño lo era todo.
Cuando yo llegaba con una flor, ella sonreía y la colocaba con cuidado en un vaso con agua. Era un gesto sencillo, pero a mí me gustaba verla feliz.
Una madrugada, el 19 de enero, aproximadamente a la una de la mañana, sonó el teléfono de mi casa. Sonó varias veces y pensé que algo importante debía haber pasado. Mi mamá estaba dormida, así que me levanté y contesté.
Era mi tía Sofí.
Pásame a tu mamá rápidamente. Ha pasado algo urgente.
Fui corriendo a despertar a mi mamá. Cuando ella tomó el teléfono, solo tuve que mirar su rostro para saber que algo no estaba bien.
Mi abuelita Paquita había fallecido. Un paro había terminado con su vida.
Esa noche perdí a una de las personas más importantes de mi vida. Mi mamá siempre me contaba que, cuando yo nací, mi abuelita ayudó a cuidarme. Quizás por eso siento que ella estuvo conmigo desde el principio.
Con el tiempo entendí que aquellas rosas que le llevaba no eran solo flores. Era mi manera de decirle que la quería.
Y por eso hoy quiero decirles algo a los niños: no dejemos que los teléfonos, las tabletas o los videojuegos nos hagan olvidar a las personas que tenemos cerca.
Nuestros abuelos tienen historias que contarnos, recuerdos que compartir y mucho amor para darnos. A veces solo quieren que nos sentemos a su lado, que los escuchemos o que les demos un abrazo.
Si tienes un abuelo o una abuelita, visítalo. Llámalo. Escucha sus historias. Hazle un dibujo, dale una flor o simplemente quédate un rato con él.
Porque quizás para nosotros sea solo una tarde cualquiera, pero para ellos puede ser un momento que guarden para siempre.
Yo ya no puedo llevarle rosas a mi abuelita Paquita. Pero cada vez que veo una, la recuerdo y pienso en su sonrisa.
Las rosas se marchitan, pero los recuerdos y el amor que dejamos en las personas que queremos pueden quedarse para siempre.