El monstruo de la alcantarilla
- 29/03/2026 00:00
El monstruo de la alcantarilla era transparente y se asomaba cuando llegaban los visitantes a ver las válvulas. No le gustaban las visitas, porque lo dejaban sin agua a él y a los animalitos que vivían allí.
Un día llegó una niña que bajó en una grúa colgante. Todo hacía mucho ruido y las gotas de agua salpicaban a quien descendía a las alcantarillas.
Al recorrer las grandes válvulas cilíndricas, la niña iba maravillada por lo enormes que eran. Caminaba con sus botas mojadas hasta los tobillos y disfrutaba la visita por el Canal, una experiencia totalmente diferente: en lugar de observarlo desde afuera, ahora estaba dentro de sus entrañas.
Las alcantarillas eran oscuras y tenebrosas, pero la niña no tenía miedo. Con su linterna iluminaba el camino, decidida a conocer cada rincón de aquel lugar misterioso.
Cuando llegó a las válvulas llamadas vástagos, brincó del susto. Allí estaba el monstruo de la alcantarilla. Solo se veían sus ojos, y hacía un ruido más fuerte que una tormenta para ahuyentar a los visitantes.
—¿Por qué vienes aquí? —preguntó el monstruo.
—Porque quiero conocer las entrañas del Canal. Me dijeron que son muy interesantes y que controlan el agua, que es vital para todos —respondió la niña.
El monstruo suspiró.
—Para mí y los animalitos que vivimos aquí, el agua es lo más importante. Pero cuando vienen las visitas por mantenimiento, nos quedamos sin ella.
Entonces abrió su gran boca e hizo un sonido tan fuerte que la niña pudo verlo por completo. Le pareció sorprendente... y también amable.
—La próxima vez pediré permiso, querido amigo —dijo ella con una sonrisa—, para que puedan resguardarse mientras hacemos la visita.
—No podemos dejarlos sin agua —añadió—. Ustedes también son parte del Canal.
El monstruo la miró en silencio... y luego asintió.
Desde ese momento, comenzaron a conversar. No solo compartían palabras, sino respeto, gratitud y la esperanza de convivir sin hacerse daño. La niña aprendió a valorar aquel mundo oculto, y el monstruo entendió que no todos los visitantes querían invadir, sino aprender.
El agua volvió a correr, fresca y transparente, como si también comprendiera su misión.
Desde entonces, la niña, el monstruo y los animalitos nunca olvidaron lo aprendido: quien comparte la verdad con los demás nunca debe dejar sin lo esencial a otros.
Y el Canal, más que una gran obra, se convirtió en un símbolo de convivencia y respeto.
—¡Ven, hija!
La niña escuchó la voz de su mamá.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia las escaleras en busca de sus padres. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por emoción: tenía algo importante que contar.
Feliz, les habló de sus nuevos amigos: un monstruo de ojos redondos y gran boca, muy amable, que le enseñó el valor del diálogo y de pedir permiso.
Y cada vez que el agua corría, parecía susurrar: Las mejores historias nacen cuando aprendemos a convivir.