El creador artístico en la era contemporánea: entre la identidad, el desarrollo y la marca país

El arte se convierte en una herramienta de transformación social y económica mientras los creadores reclaman un papel protagónico en el desarrollo nacional. Imagen ilustrativa generada con IA
  • 29/09/2026 20:30

La creación artística no solo preserva la identidad de un país, también genera valor, impulsa el turismo y fortalece su presencia ante el mundo

En un mundo influido por la velocidad de lo digital, la saturación de contenidos y la constante redefinición de lo humano, el rol del creador artístico persiste y se vuelve más urgente. Lejos de ser un actor periférico, el artista contemporáneo se sitúa en el corazón mismo de las transformaciones sociales, culturales y económicas.

Es quien traduce las tensiones de su tiempo, quien convierte la incertidumbre en lenguaje y quien, desde su sensibilidad, proyecta una visión de futuro que muchas veces la política y la economía no logran anticipar.

El arte ha dejado de ser únicamente un objeto de contemplación para convertirse en un conjunto de significados que incide directamente en el desarrollo humano. La creación artística estimula el pensamiento crítico, fortalece la empatía y amplía las posibilidades de interpretación del mundo.

En sociedades fragmentadas o en crisis, los artistas funcionan como mediadores simbólicos que nombran lo que duele, lo que falta y lo que aún puede ser. Allí donde el arte abre nuevas formas de comprensión.

En este contexto, la identidad cultural adquiere un valor estratégico. Los países que han comprendido la importancia del arte en la construcción de la narrativa nacional han logrado posicionarse con mayor fuerza en el escenario global.

La marca país ya no se sostiene únicamente en indicadores económicos o en infraestructuras modernas; se nutre, sobre todo, de los sucesos que han construido una narrativa cultural sólida, auténtica y reconocible. Y esa narrativa es posible gracias a la contribución de los artistas.

Desde la literatura hasta la gastronomía, desde la música hasta las artes visuales, el creador artístico configura una cartografía simbólica que va definiendo cómo una nación se presenta ante el mundo. No es casual que ciudades enteras se reinventen a partir de sus circuitos culturales o que festivales artísticos se conviertan en motores de desarrollo económico. El arte, bien entendido, no es gasto: es inversión en identidad, en cohesión social y en proyección internacional.

En este sentido, resulta imprescindible replantear la forma en que las sociedades valoran a sus creadores. Los artistas no deben ser vistos como actores marginales ni como figuras románticas desligadas de la realidad productiva. Por el contrario, deben ser reconocidos como agentes prioritarios para el desarrollo sostenible.

El trabajo del artista genera valor económico, dinamiza industrias creativas, atrae turismo y fortalece el tejido social. Sin embargo, persiste una práctica preocupante que revela una profunda incomprensión del valor del arte: en numerosos eventos estatales y privados, los artistas son reducidos a un papel secundario, utilizados para “llenar espacios” o para ambientar momentos de cena y networking.

Esta visión instrumental no solo desvirtúa su trabajo, sino que lo degrada. Los creadores no son ornamento ni fondo sonoro; su obra es contenido, es pensamiento, es experiencia.

Por ello, los artistas merecen el respeto de los gobiernos de turno y de las instituciones, y deben ser integrados como protagonistas en la programación cultural, con condiciones dignas y reconocimiento acorde a su aporte.

En el caso de Panamá, esta reflexión adquiere una dimensión particular. El país cuenta con una riqueza cultural diversa y en expansión, donde conviven tradiciones ancestrales y expresiones contemporáneas de gran vitalidad.

Se estima que en Panamá puede haber más de 15.000 artistas, incluyendo chefs, artesanos, folcloristas, músicos, escritores, diseñadores y creadores de múltiples disciplinas. Este universo creativo no solo enriquece la vida cultural interna, sino que representa una oportunidad extraordinaria para fortalecer la oferta país de cara al turismo mundial.

Este potencial aún no ha sido plenamente comprendido por las autoridades o el sector económico. La falta de políticas sostenidas, de sistemas de financiamiento adecuados y de plataformas que visibilicen el trabajo de muchos creadores sigue pendiente.

Reconocer a los artistas como parte esencial del desarrollo implica también generar condiciones dignas para que produzcan los resultados esperados. Esto implica acceso a formación, redes de circulación, protección social y espacios de exhibición.

En este marco, surge una idea que debería ser vital en la agenda cultural: los artistas deben ser considerados tesoros vivos de la nación. Esto no puede significar una metáfora vacía, sino un reconocimiento concreto de su valor.

Un país que protege a sus artistas protege su memoria, su diversidad y su capacidad de imaginar futuros posibles. Declararlos tesoros vivos implica no solo honrarlos, sino también invertir en su continuidad y en la transmisión de sus saberes.

El desafío de nuestra época no es únicamente tecnológico o económico; es profundamente cultural. En un entorno globalizado donde las identidades tienden a diluirse, el arte se convierte en un ancla y, al mismo tiempo, en una plataforma de proyección. Los creadores artísticos son quienes sostienen ese delicado equilibrio entre lo local y lo universal.

En definitiva, apostar por el arte es apostar por una visión de desarrollo más integral, humana y sostenible. Es entender que el progreso no se mide solo en cifras, sino también en la capacidad de una sociedad para narrarse a sí misma, para reconocerse en su diversidad y para ofrecer al mundo una imagen auténtica y vibrante.

En la era de la inteligencia artificial, de los algoritmos y de la hiperconectividad, el arte sigue siendo uno de los últimos territorios donde lo humano se expresa en toda su complejidad. Y en ese territorio, los artistas no son espectadores: son protagonistas.