[Cuento] La historia de la abejita Amarela
- 31/05/2026 00:00
Milvia patiño cANO
¡Oh, no! –exclamó Amarela, la pequeña abejita, cuando las ráfagas del fuerte viento columpiaban su cuerpo cubierto con aquel vestido amarillo y negro, tan suave como la seda.
Ella, se decía —tengo que ser fuerte y resistir—.
La pequeña abejita, apenas hacía dos semanas que había nacido en aquella mansión con diminutas habitaciones, donde vivían toda su familia: la reina madre, sus hermanos llamados “zánganos”, sus hermanas y ella, que se les llama “obreras”.
Sí, Amarela y sus hermanas le hacían honor a ese calificativo, pues tan pronto nacían debían trabajar arduamente. Así que ellas trabajan recolectando polen y néctar de las flores con agradable aroma. Encontrar aquellas aromáticas flores era todo una hazaña para tan pequeños insectos, pero el premio era muy dulce. —Entonces valía la pena realizar esos largos viajes.
Amarela, emprendió su primer vuelo sin que ninguna otra abeja le enseñase cómo hacerlo, el “radar interno” donde se combina la posición del sol, la memoria visual para recordar por dónde han pasado, debía de guiarla y además se preguntaba
–¿Podré volar con mis alas tan pequeñas, tal como lo hacen mis hermanas mayores?
–¿Podré encontrar yo sola las flores con rico néctar?
Con esos pensamientos transcurría su entretenido viaje y de repente percibió un olor muy agradable, que provenía de unos árboles cubiertos de flores blancas y hacia allá se dirigió, sin distraerse de su objetivo.
Pronto se vio sumergida en aquel manto blanco y aromático de flores y en el follaje verde brillante.
–Suavemente fue posando sus delgadas patitas en los pétalos de cada flor, absorbía con precisión milimétrica el néctar y lo iba acumulando en su buche. Así fue visitando una por una cada flor, sin saber que cada vez que posaba sus patitas en una flor, parte del polen de esta se adhería a ellas y cuando llegaba a la siguiente flor, dejaba parte de este polen allí y se le pegaba polen de esa nueva flor. Cada ocasión que visitaba una y otra flor ella realizaba un proceso esencial para la reproducción de las plantas, vital para que los seres humanos y los animales puedan alimentarse.
La abejita Amarela cuando ya creía que su buche estaba lleno de néctar, partía el viaje de regreso a su hogar: la colmena. Ya en la colmena vaciaba su buche, depositando en las celdas el néctar que se convertiría en la sabrosa y cristalina miel. Al terminar de llenar cada celdilla, ésta era tapada con una cera que protegía a la miel.
Al final del día, Amarela y sus hermanas, debían alimentar a la abeja reina, con su alimento favorito: la jalea real que contiene muchos nutrientes que permite que la abeja reina viva muchos años y que siga poniendo huevos de donde nacerán su numerosos hijos, después se dedicaban a descansar para reponerse del cansancio, ya que a la mañana siguiente tenían que emprender nuevamente su búsqueda interminable.