[Cuento] La biblioteca secreta de la señora Tortuga

Elizabeth Samudio Aparicio
  • 12/04/2026 00:00

El jardín de infancia El Girasol Feliz olía a plastilina, a témpera y a la tierra húmeda de las macetas. Para los niños, era un lugar de juegos. Para los animales del rincón, era la mejor escuela para escuchar del mundo.

Aquilino, con cinco años y una voz clara como una campanita, era el lector no oficial de la clase. Le encantaba sentarse en el círculo y gesticular con sus manos mientras la señorita Clara leía cuentos sobre dragones y camiones.

Además, había dos alumnos muy especiales que nadie conocía.

Uno era la señora Tortuga, que vivía en un gran terrario justo al lado del rincón de la lectura. Era antigua, sabia y lenta en todo, excepto en una cosa: absorber sonidos. Cada día, cuando la clase se sentaba, ella estiraba su largo cuello y escuchaba con sus ojos saltones.

El otro era Paco el Periquito, un perico azul brillante y ruidoso que vivía en la jaula del pasillo. Paco no era bueno para quedarse quieto, pero tenía una memoria auditiva increíble.

La señorita Clara un día enseñó un cartel con una imagen de un gato y, debajo, la palabra: G-A-T-O.

─¿Qué dice aquí, Aquilino?

─¡Gato! ─gritó él.

Señora Tortuga, desde su terrario, memorizó el sonido de la palabra «gato» y lo asoció con la imagen mental de un pequeño felino que a veces veía por la ventana.

Paco, en su jaula, repitió: «¡Gato! ¡Gato! ¡Gato!» solo por diversión.

A medida que pasaban las semanas, los niños aprendían las vocales: A, E, I, O, U. Las letras estaban pegadas por toda la pared.

Señora Tortuga observó. Aquilino siempre señalaba la letra A con un dedo entusiasta, diciendo: «¡A de Aquilino!». La tortuga empezó a reconocer la forma de la letra A como la casita con el techito triangular.

Paco el Periquito, por su lado, escuchaba las rimas: «La O es redonda, como el sol y el LOBO».

Una mañana, el verdadero drama comenzó.

Aquilino llegó al jardín con un pequeño resfriado y la voz apenas le salía. La señorita Clara había dejado sobre su escritorio un libro nuevo, grande y colorido, titulado: El tigre mímico.

Cuando ella salió un momento, Aquilino, sintiéndose decaído, se acercó a la pecera de Rompetechos y murmuró:

─No puedo leerles el libro hoy, Rompetechos. Me duele la garganta».

Señora Tortuga, que lo había escuchado, se sintió angustiada. ¡Era el primer día del libro EL TIGRE MÍMICO! Ella necesitaba saber de qué iba.

De repente, se escuchó un fuerte graznido desde el pasillo. ¡Era Paco!

─¡E-L! ─gritó Paco, con la voz tan clara como la de la señorita Clara.

Los niños se quedaron en silencio, mirando la jaula.

Luego, el cuello de señora Tortuga se estiró más que nunca, enfocada en la palabra. Recordó la forma de la E (tres patitas) y la forma de la L (una patita y un brazo) de los carteles de la pared. ¡Juntas eran «EL»!

Paco gritó de nuevo:

─¡T-I-G-R-E!.

Señora Tortuga movió su cabeza lentamente, asociando los sonidos que Paco repetía con las formas de las letras en la cubierta del libro. La T era un poste. La I era un palito pequeño. Ella no entendía el significado completo de «TIGRE», pero sabía que esas letras eran el sonido.

Aquilino, sorprendido, se acercó al terrario y susurró a la tortuga:

─¡Qué lista eres, señora Tortuga!».

La tortuga miró el libro, luego a Aquilino y luego a la siguiente palabra: M-Í-M-I-C-O.

De repente, un niño llamado Luis se acercó y, sin querer, dejó caer el cartel de las vocales. Todas las letras quedaron esparcidas en el suelo.

La señorita Clara regresó y suspiró.

─¡Ay, las vocales! ¿Quién me ayuda a ponerlas en orden?

Aquilino sonrió:

─¡Yo sé, yo sé! Pero que los animales nos ayuden.

Todos se rieron. Pero Aquilino se agachó frente a señora Tortuga. Ella, ante la sorpresa de todos, comenzó a avanzar hacia el montón de letras. Lenta, metódicamente, empujó la letra A con su nariz, luego la E, luego la I, y así sucesivamente, empujándolas una al lado de la otra, ¡en el orden correcto!

La señorita Clara se frotó los ojos.

─Pero ¡cómo!

Aquilino miró a su amiga tortuga con complicidad.

─Ella siempre nos escucha, señorita Clara. Sabe el orden de las vocales.

Y, en ese momento, Paco, que seguía atento desde el pasillo, gritó con fuerza, mirando la portada del libro:

─¡MÍ-MICO! ¡EL TIGRE MÍMICO! ¡Quiero MÍ-MICO!

Aquel día, el jardín de infancia se enteró de que no solo los niños aprenden a leer. A veces, si se escucha con suficiente atención, una tortuga puede memorizar las letras y un periquito puede recitar palabras enteras, demostrando que la verdadera biblioteca no estaba hecha de estantes, sino del sonido de la voz de un niño leyendo. Y Aquilino, con su garganta dolorida, se sintió el maestro más orgulloso del mundo.

Maestra de Enseñanza,profesora de Media y Superior. Creadora de Blog y Programadora.
Algunos artículos publicados en La Estrella y Prensa .
Poemas en Al Día Panamá.