[Cuento] ¡El loro que cantaba “pla-pla”!
- 10/05/2026 00:00
María y Mateo, hermanos mellizos, reían felices en el carro de su papá. Iban rumbo a la playa Las Gaviotas junto a sus padres. Soñaban con caminar por la arena, recoger conchas brillantes y construir grandes castillos mientras el mar les regalaba su espuma tibia.
Todo parecía perfecto... hasta que, de pronto, el carro se detuvo con un fuerte frenazo.
—¡Oh! ¿Qué es eso que está en la vía? —exclamó el padre.
—¿Es un peluche? —preguntó María, asomándose con curiosidad.
—No se preocupen —respondió él—, parece solo un juguete.
El carro continuó su camino. La mamá, con voz dulce, empezó a cantar, y los niños la acompañaron entre risas. Pero Mateo, inquieto, miró por la ventana trasera... y algo llamó su atención.
—¡Papá, detente! —gritó con urgencia—. ¡El juguete se movía!
—¿Cómo que se movía? —preguntó el padre, sorprendido.
—Regresemos —dijo la mamá con preocupación—. Podría ser un animal herido.
Los niños insistieron, y el padre decidió dar la vuelta. Al acercarse, descubrieron la verdad: no era un juguete... era un loro herido.
Su plumaje verde brillaba bajo el sol, pero una de sus alas estaba lastimada.
—¡Pobrecito! —susurró María.
La mamá lo tomó con mucho cuidado y lo acomodó en una caja de cartón. Le ofrecieron agua y un poco de banana, que el loro picoteó con suavidad.
—Mira, Mateo —dijo María—, ¡es tan lindo!
—Sí —respondió él—. Tiene un pico curvo y plumas suaves... ¡y escucha cómo suena! “pla-pla, pla-pla”.
Continuaron el viaje, pero más adelante un grupo de bomberos les pidió detenerse: un gran árbol había caído y bloqueaba la carretera.
Sin pensarlo, la familia decidió ayudar. Entre todos retiraron ramas y hojas hasta despejar el camino. Gracias a ese esfuerzo, pudieron llegar al veterinario, quien curó el ala del loro.
Durante dos semanas, el pequeño loro vivió con ellos en la casa de playa. Cada día estaba más fuerte. Hasta que llegó el momento de dejarlo ir.
Fueron al bosque. María y Mateo lo sostuvieron por última vez.
—Adiós, amigo —dijo María con lágrimas en los ojos.
—Vuela alto —añadió Mateo.
El loro abrió sus alas... replicó “ pla-pla, pla-pla” y voló. Dio un giro en el aire, como si se despidiera, y se perdió entre los árboles.
Los niños lo miraron en silencio, con el corazón apretado, pero felices.
Habían aprendido algo importante:
“A veces, amar también significa dejar en libertad.
Y ayudar a otros, por pequeños que parezcan nuestros actos, puede transformar una vida para siempre, permitiendo que cada ser continúe su historia en su entorno natural.”