[Cuento] El cumpleaños de la niña rara y su inescrutable tribu

  • 01/11/2026 07:25

A algunos niños del pueblo les parecía extraña. La llamaban ‘Larrara’ porque, desde que aprendió a leer, mezclaba los personajes de sus libros con el mundo real y se inventaba otros mundos paralelos mientras caminaba, mientras comía, mientras esperaba su turno al bate en los inacabables partidos de béisbol en el potrero.

Una tarde de octubre despertó de pie, en medio del campo de béisbol, porque un chiquillo llamado Elgiorsh Patagrande le gritó desde la lomita de lanzar: —¡Despierta, Rara! ¡Viene a batear El Zurdo Malhecho y manda la pelota pa tu jardín!

—¡Hay que abrir detrás de la tercera base! —y señaló la tercera base, marcada con caca de vaca seca, igual que la primera y la segunda, que estaban hechas con la ñinga del ganado.

El lanzamiento salió sin piedad. ‘Larrara’ abrió los ojos justo cuando el bateador impactó la pelota y esta cruzó el aire. Estaba hecha con la cabeza de una muñeca, vendada con tiras de trapos y cinta adhesiva.

“Es un espectro-momia que vuela”, pensó ‘Larrara’. La pelota fantasma cayó muy abierta, a la derecha, rayando la línea imaginaria del foul, que estaba marcada con troncos de guarumo que el río cercano había arrastrado, alineados del home hasta donde alcanzaba la vista.

—¡Malhecho! ¡Jajaja! ¡Faul, afueraaa, ha caído afueraaa! —gritó ‘Larrara’, burlándose del bateador izquierdo. Pero en seguida se puso seria. La Fula Pifa Verde, consejera de campeones y héroes de su clan, le había advertido que uno podía reírse del Zurdo cuando bateaba, pero después le tocaba a él lanzar, y su venganza sería implacable.

Entonces ‘Larrara’ miró al cielo y lo vio negro como la boca de un lagarto descomunal, a punto de engullirlos. Era un ser mitológico con hambre que los tragaría de una dentada o los masticaría despacito como una iguana a los frutos tiernos del membrillo.

Era octubre, y en Panamá octubre es el mes de los aguaceros apocalípticos. De pronto, ‘Larrara’ y los otros jugadores del clan presenciaron, como si fuera una señal de advertencia, la caída vertical de una gota de agua oronda y colosal.

La bolita de agua con el poder de una ballesta abrió un cráter justo en medio de la segunda y la tercera frente al shortstop, El Araña Plateada, que hacía jugadas y dobles matanzas como si tejiera. Y enseguida se escuchó un alarido desaforado, emitido con el seseo propio de los que les faltan dientes: —¡Qué sssse viene un sschaparrón! —¡Sssseguimos el partido mañana, vamos 35 a 37! —Era el Lombriz de Tierra.

Le decían así porque le encantaba jugar con lodo y jugaba de cátcher y además tenía el superpoder de inventarse todas las señales, los códigos secretos, para su lanzador, el equipo.

Todos corrieron hacia la ladera del cerro y con un palo comenzarían a remover la tierra para que se volviera fango, con el aguacero a punto de caer.

—¡Aléjense de las palmeras, tiren lejos cualquier objeto de metal y no caminen con la cabeza en alto! ¡Encorvávense, que el rayo los ve y los persigue! ¡Que nos puede partir un rayo! —gritó la Bejuquilla, una niña a la que le encantaba usar un vestido verde cogollo para esconderse entre los árboles.

Mientras corrían encorvados hacia una de las laderas del cerro, volaban sobre sus cabezas bandadas de pericos frentirrojos buscando refugio en huecos de árboles o nidos de comején. Entre el griterío de pájaros esmeralda y los beisbolistas en fuga, el jugador al que le decían El Millo, porque tenía el cabello revuelto con rulitos esponjosos, le preguntó: —¿No es tu cumpleaños hoy, Rara? Vamos a celebrar.

Haremos galletas de barro, una pista de esquí con las yaguas que el viento botó de las palmeras reales, toboganes infinitos de máxima velocidad, pelotas de barro que serán meteoritos en nuestra batalla galáctica y estaciones de alunizaje, y caminaremos en cámara lenta hasta el borde de la luna; todo se puede, porque la tierra se pondrá blandengue como melcocha.

No había ni que decirlo: para ‘Larrara’ todo era ya parte de la celebración. El cerro, cubierto de césped verde, le parecía una gran tarta en forma de Archelon, la monumental tortuga prehistórica americana que había visto en los libros. Los poderosos truenos que remecían la tierra le eran como un coro de gigantes que había leído en enciclopedias de mitos griegos, los hecatónquiros, que le cantaban con sus voces de tenores terroríficos: quo-lo-complas-foloz.

Y los rayos de la tormenta eléctrica en el horizonte oscuro semejaban las velas encendidas de su maravilloso y enorme bizcocho. Solo le faltaba cerrar los ojos y pedir un deseo. Y aunque pareciera raro, ya todo anhelo se le estaba cumpliendo en ese mismo instante, en medio de su enigmático clan con sus héroes desdentado