Coqui Calderón: el color como conciencia y el arte como legado
- 02/01/2026 00:00
Artista. La cultura panameña despide a una de sus figuras más lúcidas, firmes y decisivas. Con el fallecimiento de Constancia “Coqui” Calderón de Augrain (1937–2025), no solo se cierra una trayectoria artística, sino también un capítulo en la construcción de la estética del arte contemporáneo en Panamá.
Hablar de Coqui Calderón es hablar de una vida consagrada al arte entendido como búsqueda, como reflexión y como responsabilidad histórica. Su legado es doble e inseparable: una obra plástica de gran potencia visual y profundidad simbólica, y una labor institucional sostenida que ayudó a edificar una parte de la plataforma cultural que hoy sostiene la escena artística del país.
Nacida en la ciudad de Panamá, hija de padre panameño y madre estadounidense, Calderón creció en un entorno donde el cruce cultural fue desde temprano una experiencia vital. Finalizó sus estudios universitarios en Rosemont College, Pennsylvania, en 1959, obteniendo un Bachelor of Arts con especialización en historia del arte e historia, formación que marcaría para siempre su mirada analítica y rigurosa.
Su aprendizaje artístico continuó en París, donde asistió a la Grande Chaumière, la Académie Julian y La Sorbonne, espacios que consolidaron su relación con la pintura moderna europea y ampliaron su comprensión del lenguaje visual. Más tarde, entre 1961 y 1967, residió en Nueva York, ciudad que sería determinante en su evolución estética, al ponerla en contacto directo con el expresionismo abstracto, el arte pop, la abstracción geométrica y el arte óptico.
A su regreso a Panamá, fue pupila de Alberto Dutary, quien no solo la orientó artísticamente, sino que le abrió su estudio, donde compartió procesos con artistas como Antonio Alvarado. Este período consolidó una conciencia de taller, diálogo y disciplina que atravesaría toda su vida.
Una obra en permanente evolución
La pintura de Coqui Calderón no puede leerse como un estilo fijo, sino como un proceso continuo de transformación. Sus primeras obras, de claro impulso expresionista, fueron evolucionando hacia una abstracción lírica de signos geométricos, círculos entrelazados y paletas más delicadas, como las piezas que presentó en la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington, D.C.
Durante su estancia en Nueva York en los años sesenta, su obra incorporó colores planos, estridentes y vibrantes, aplicados en yuxtaposiciones audaces. Estas composiciones crearon un diálogo con la abstracción geométrica, mientras que la aparición de rostros, manos, teléfonos y figuras humanas revelaba una clara influencia del arte pop, sin perder nunca una dimensión crítica.
Tras su regreso definitivo a Panamá poco antes del golpe militar de 1968, su pintura se volvió más sutil, reflexiva y estructurada.
En los años setenta predominaron los diseños reiterativos y el dominio de la composición, mientras que en los ochenta —durante su residencia en Miami— desarrolla paisajes y bodegones en pastel y acrílico, acompañados de cuidadosos bocetos que evidencian su método y precisión técnica.
Arte y testimonio social
Entre 1985 y 1990, la obra de Calderón adquiere una dimensión abiertamente política. Las series “Protesta ’85” y “Vientos de Furia” constituyen un testimonio visual más contundente sobre la crisis social y las manifestaciones callejeras vividas en Panamá. En estas obras, el color se vuelve tensión, gesto y denuncia; la pintura deja de ser contemplativa para convertirse en acto de memoria.
A partir de los años noventa, ya de regreso en Panamá, su obra se renueva en torno a la relación entre el ser humano y la naturaleza. La experiencia de la pérdida personal abre una dimensión introspectiva que se traduce en una reflexión profunda sobre la fragilidad humana y la vulnerabilidad del entorno.
En sus últimas pinturas, la figura femenina emerge integrada al paisaje tropical: lianas, fangales y vegetación húmeda se entrelazan con cuerpos erguidos, donde la mujer aparece como centro simbólico de resistencia, verticalidad y armonía. Es una pintura más serena, espiritual y contemplativa, donde la naturaleza deja de ser escenario para convertirse en sujeto.
Paralela a su producción artística, Coqui Calderón desarrolló una labor institucional sin precedentes. Fue figura clave en el Instituto Panameño de Arte (Panarte) y, sobre todo, en la consolidación del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá (MAC Panamá), institución de la que fue alma activa desde su fundación y a la que dedicó más de seis décadas de trabajo, llegando a presidir su junta directiva.
En 1979, junto a Alicia Viteri, fundó el Taller de Artes Gráficas, un proyecto fundamental para la revitalización del grabado en Panamá y antecedente directo del actual Laboratorio Gráfico Julio Zachrisson. Para Calderón, el arte era un acto colectivo, pedagógico y transformador, una convicción que marcó a generaciones de artistas.
Su compromiso fue reconocido con numerosos homenajes, entre ellos la Orden de Vasco Núñez de Balboa, otorgada por el Estado panameño por su labor en la promoción del arte nacional.