Violencia: el imparable viaje de los jóvenes hacia el cementerio

Las mafias organizadas han encontrado su mina de oro en los más vulnerables: los menores de edad
El 8 de mayo asesinaron a un menor en la provincia de Colón
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  • 18/05/2026 00:00

En mayo seis menores han sido asesinados y suman 19 en el año, según las estadísticas

El implacable tic-tac del reloj de la muerte no se detiene en las calles panameñas y su alimento favorito parece ser los más jóvenes.

Un frío y alarmante análisis de las estadísticas de sangre revela una verdad que hiela la sangre: entre enero y lo que va de mayo, la parca se ensañado con la juventud: 19 pelaítos han sido asesinados.

Las morgues judiciales se están llenando de cuerpos cuyas edades apenas oscilaban entre los 14 y los 35 años. Vidas que debían florecer y fueron a parar a un cementerio.

6 menores asesinados en mayo

Mayo ha sido especialmente cruel: siete menores de edad han sido arrancados de este mundo al ritmo infernal de las balas.

Cuatro de ellos cayeron bajo el plomo en la convulsionada provincia de Colón, un territorio donde la vida vale menos cada día.

El quinto y el sexto fallecieron en el corregimiento de Juan Díaz. Uno mientras un hombre le enseñaba a manejar una moto y quedó atrapado en una balacera.

Más allá del “dinero fácil”

El reconocido criminólogo Marco Aurelio Álvarez le pone el bisturí al problema y advierte que la ola de criminalidad juvenil que hoy azota las calles y los barrios de Panamá no es un asunto simple.

No es solo la fascinación por el “dinero fácil” o el desprecio por la vida; es una enfermedad social de múltiples metástasis que se ha venido cocinando a fuego lento durante años, opina.

El experto desglosa una combinación que resulta ser una auténtica bomba de tiempo para los adolescentes de los barrios marginados : la desintegración familiar y el abandono escolar dejan a los muchachos a la deriva. Sin escuela y sin empleo, el narcotráfico y las pandillas se convierten en sus nuevos “hogares”.

Al crecer sin figuras de autoridad sólidas ni un proyecto de vida real, la juventud adopta falsos ídolos. En las redes sociales y en las esquinas vulnerables, el poder, el dinero rápido y el “respeto” se ganan con el cañón de un arma, afirma Álvarez.

Cuando matar es un estilo de vida

Lo más aterrador que revela esta radiografía criminológica es la alarmante pérdida de sensibilidad ante el dolor ajeno. En las calles de Panamá, la violencia ya sufrió una mutación: ahora es criminalidad instrumental.

“Ya no se mata por impulso; se mata por estrategia. La violencia es la herramienta preferida para resolver disputas, marcar territorio o subir escalones en estructuras delincuenciales cada vez más sanguinarias y organizadas”, apunta Álvarez.

El diagnóstico es demoledor: la violencia criminal ya no es exclusividad de los capos; amplios sectores de la sociedad la han adoptado como un estilo de vida cotidiano.

Las ráfagas de AK-47 y los cuerpos tendidos en las aceras ya pasaron a ser parte del paisaje urbano. Las muertes violentas ya no conmocionan a nadie.

El reclutamiento de los inocentes

Álvarez añade que Las mafias organizadas han encontrado su mina de oro en los más vulnerables: los menores de edad.

Los capos de la droga los buscan con pinzas porque saben que son maleables, tienen necesidades económicas extremas y, sobre todo, gozan del blindaje que les otorgan las limitaciones legales del sistema penal juvenil. Los usan como carne de cañón, sicarios desechables que aprietan el gatillo por unos cuantos dólares.

El círculo maldito de la violencia

Esta radiografía nos muestra un monstruo que se alimenta a sí mismo, creando una cadena intergeneracional de pobreza y muerte que parece imposible de romper.

Los eslabones de esta maldición son claros: la sociedad siga anestesiada ante el luto diario, las esquinas de Panamá seguirán siendo el escenario donde la juventud se desangra, y los titulares de la crónica roja seguirán contando los cadáveres de los que debieron ser el futuro de la patria.

Marco Aurelio Álvarez
criminólogo
Al crecer sin figuras de autoridad sólidas ni un proyecto de vida real, la juventud adopta falsos ídolos.