Pidió olla prestada a la iglesia y cocinó a su hijo

Cargos imputados
  • 09/08/2026 00:00

Brutal crimen sacudió las entrañas de la ciudad de Guayaquil en agosto de 2020

El mal no siempre viste de monstruo ni camina entre las sombras de la noche; a veces tiene rostro de madre, habitaba en el cantón Milagro y respondía al nombre de Rosa Toala. Hoy, casi una década después de haber firmado una de las páginas más abominables, nauseabundas y macabras de la historia criminal del Ecuador, la “Bestia de Milagro” ha sido finalmente arrastrada al centro mismo del averno penal: la cárcel de máxima seguridad La Roca, en Guayaquil.

Allí, bajo muros de hormigón e hilos de hierro, purgará el resto de sus 34 años y ocho meses de prisión una mujer que desafió los límites de la perversión humana, hoy vinculada a la peligrosa banda “Los Lagartos” y procesada por nuevos delitos tras las rejas. Pero para entender el mito sangriento que la precede, hay que retroceder el reloj al hedor sepulcral de agosto de 2020.

El caldero de la parroquia y el festín de la muerte

La tragedia no comenzó con un grito, sino con una mentira helada. Pequeños ojos aterrorizados presenciaron el horror en una humilde vivienda donde la tortura era el pan de cada día. Golpes secos en el estómago, piel achicharrada por descargas eléctricas, manitas cubiertas de ampollas y niños sumergidos hasta el ahogamiento en baldes de agua fría. Ese era el hogar que Rosa Toala y su pareja, Iván Landa, compartían con sus víctimas.

Pero el sadismo alcanzó su cima infernal cuando el pequeño Dilan, de apenas 6 años, no sobrevivió al castigo.

Lo que siguió a la muerte del menor borró cualquier vestigio de humanidad. Rosa, con la experiencia macabra cosechada en sus anteriores pasos por la Penitenciaría —donde aprendió que la carne podrida delata a los asesinos—, trazó un plan para desvanecer a su propio hijo de la faz de la tierra.

Con frialdad absoluta, caminó hasta la iglesia de la comunidad. Sonriente, solicitó prestada la olla gigantesca donde la parroquia preparaba el chocolate caliente para los fieles. “Es para una cangrejada familiar”, mintió sin parpadear.

El templo le prestó el aluminio; Rosa lo convirtió en la parea del diablo.

Huesos triturados y una mochila al precipicio

Dentro de la vivienda, el humo denso y un hedor insoportable comenzaron a brotar de la cocina. El cuerpo descuartizado del pequeño Dilan en cinco partes fue arrojado al agua hirviente. El objetivo: desprender la carne de los huesos y borrar los rastros del ADN.

No conforme con la ebullición del cadáver, la pareja tomó un martillo y, a golpes secos y macabros, reventaron el pequeño cráneo de Dilan hasta reducirlo a fragmentos irreconocibles. Cuando devolvieron la olla a la iglesia, los feligreses la rechazaron horrorizados: el recipiente estaba impregnado de manchas sospechosas y una capa de grasa impenetrable. Jamás imaginaron que lavaban los restos de un martirio.

Los remanentes del niño fueron empaquetados en una mochila y fundas plásticas, para luego ser arrojados como basura en una zanja y en un terreno baldío de Milagro. A sus otros hijos, Rosa les dijo fríamente que Dilan “se había ido de viaje”, mientras la ropa del menor aún colgaba en los armarios y sus hermanos lloraban su ausencia en los juegos.

Confesión desde el remordimiento o la locura

El secreto de sangre se mantuvo sepultado durante meses, mientras las atrocidades en la casa continuaban, incluyendo abusos sexuales perpetrados por el padrastro contra la hermana mayor bajo la amenaza de un cuchillo en la oscuridad. Sin embargo, el espectro de Dilan no dejó de perseguir a Iván Landa.

En mayo de 2017, tras ser ingresado a una clínica de rehabilitación y tomado por el pánico de que su propia hija siguiera en manos de Toala, Landa colapsó. Acompañado de su madre en un hospital del IESS, pidió a gritos a la Policía para soltar el veneno que le corroía las entrañas: “A Dilan lo matamos, lo cocinamos en una olla y machacamos sus huesos”.

La Policía Nacional desplegó peritos al terreno baldío. Entre la tierra seca, los forenses rescataron fragmentos óseos. La prueba de ADN no dejó margen a la duda: 99,9% de compatibilidad con Rosa Toala. El caso estaba cerrado en los papeles, pero abierto en las pesadillas de la ciudadanía.

El traslado final: La Roca aguarda

Ni los intentos desesperados de apelación, ni las culpas cruzadas entre la pareja, ni las versiones cambiantes sobre supuestas “caídas” lograron frenar el peso de la justicia. La sombra de la muerte de otra de sus hijas —una bebé de dos años que falleció años atrás en circunstancias jamás esclarecidas— sigue flotando sobre el expediente de Toala como un espectro sin descanso.

Hoy, la mujer que usó un caldero bendito para encubrir el filicidio más atroz de las últimas décadas ya no camina entre la población penal común de Santo Domingo. La “Bestia” ha sido trasladada al pabellón de máxima seguridad de La Roca, en Guayaquil. Entre rejas de alta contención, aislada del sol y rodeada por los criminales más peligrosos del país, Rosa Toala empezará a pagar, tramo a tramo, la deuda eterna que tiene con la memoria del pequeño Dilan.