El triple crimen que sacudió a Boyala

Brutal
  • 22/03/2026 00:00

Hace seis años sicarios llegaron a una vivienda y abrieron fuego

contra las víctimas

El 16 de enero de 2020 no murió como cualquier otro día; murió bajo el estrépito del metal y el olor a azufre.

En el sector de 4 Torres, el aire ya estaba viciado. Los susurros en las esquinas habían dado un ultimátum que nadie quiso creer: “Escondan a los niños, el miércoles viene algo grande”.

Y lo grande no fue un milagro, sino una carnicería.

La penumbra como carnada

Mientras Mariela Pérez intentaba lavarse la fatiga en el río, sintiendo el agua “viscosa” y fría como un presagio, la luz se extinguía en la casa de Silverio González, conocido como “Silvia”.

Esa falta de energía eléctrica fue la soga al cuello. Silverio llamó a Houston “Cholo” Trotman para reparar el cableado, sin saber que al pelar el cobre, “Cholo” estaba pelando los nervios de su propia muerte. Junto a ellos, Otilio Roldán, el cocinero que alimentaba esperanzas y a una hija de 18 años, solo buscaba el calor de la amistad.

El banquete de los lobos

El horror llegó en un taxi amarillo, un insecto metálico que vomitó a tres sombras: Luisito, Lobito y Yair. No buscaban justicia, buscaban sangre en nombre de la guerra estéril entre pandilleros de los sectores de Boyala y Boyalito.

Un joven, aterrado al ver a los sicarios en la parada, cometió el pecado de la supervivencia: corrió hacia la casa de Silverio. Llevó la muerte a un recinto que ya estaba a oscuras. Los verdugos no pidieron permiso; derribaron la puerta y convirtieron la sala en un matadero. Abrieron fuego a diestra y siniestra contra sus víctimas.

En el brutal ataque Silverio cayó abatido por los proyectiles en su propio hogar, el único refugio que conocía desde que dejó su isla de Goedup, en la comarca Gunayala, con la esperanza de mejorar su vida.

Otilio, en cambio, era el sustento de su madre en Ailigandí y “Cholo”, el bocatoreño, quedó enredado entre los cables que intentaba arreglar, uniendo su último suspiro a un cortocircuito de plomo.

Tras el triple crimen la noticia se regó como pólvora por toda la comunidad de Boyala. Los residentes que se asomaron a la vivienda donde se había cometido la matanza, quedaron en shock ante el desgarrador escenario de cuerpos destrozados por las balas que yacían en el suelo en medio de un charco de sangre.

Familiares, angustiados lloraban, brincaban de dolor y se preguntaban qué había motivado este baño de sangre.

Días después las víctimas recibieron cristiana sepultura en la iglesia Centro Adulan en Boyala en medio del el eco de los cánticos fúnebres.

La matanza quedó grabado en video que circuló por las redes sociales.

El triple homicidio dejó ana madre rota sobre el cuerpo de su hijo, lanzó al viento la pregunta que aún flota en el sector:

“¿Ahora quién me va a ayudar?”.

Tras el crimen la Policía Nacional tenía su propia hipótesis: habla de control de drogas y guerra entre las pandillas que operan en el área.

Los verdugos no pudieron escapar de las sombras de la justicia. Días después las garras de la policía los pillo y los atraparon.

Fueron llevados al Sistema Penal Acusatorio(SPA) donde le vieron el rostro severo del juez de garantías. Este, tras escuchar los elementos de convic ción, no tembló en dar su falló: Detención provisional para los sospechosos.

A seis años de la masacre, los verdugos de las víctimas ya duermen tras las rejas.

Pero en Boyala, aún la gente recuerda el espantoso hecho de sangre. Recuerdan a Silverio, recuerdan a Otilio y Cholo. Recuerdan sus ocurrencias y sus risas.

Y cuando se va la luz en Boyala, los vecinos todavía temen que los cables sueltos vuelvan a conectar con el más allá.