El joven que sonreía, pedía ayuda y mataba

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  • 01/03/2026 00:00

Tenía 42 años cuando fue ejecutado. Su nombre ya era sinónimo de uno de los casos criminales más impactantes del siglo

Afuera de la prisión había quienes celebraban. Eran las 7:16 de la mañana del 24 de enero cuando la silla eléctrica se activó en la Prisión Estatal de Florida. En ella estaba sentado Ted Bundy, el hombre que durante años sembró terror en varios estados de Estados Unidos mientras aparentaba ser un joven brillante y educado.

Tenía 42 años cuando fue ejecutado. Para entonces, su nombre ya era sinónimo de uno de los casos criminales más impactantes del siglo XX.

Según los medios de comunicación, Bundy no encajaba en el estereotipo del criminal que dominaba el imaginario colectivo en la década de 1970. Estudiaba en la Universidad de Washington y luego cursó Derecho en Utah. Participó en campañas políticas y tenía facilidad de palabra. Quienes lo trataron lo describieron como inteligente, carismático y amable.

Según documentos judiciales del estado de Florida y reportes de prensa de la época publicados por los diarios norteamericanos, Bundy se acercaba a jóvenes universitarias fingiendo una lesión en el brazo. Con un cabestrillo o yeso, pedía ayuda para cargar libros o mover algún objeto hasta su automóvil. La escena parecía inofensiva.

Entre 1974 y 1978, desapariciones de mujeres jóvenes comenzaron a registrarse en Washington, Utah, Colorado y más tarde en Florida.

En aquellos años no existía una base de datos nacional integrada que conectara investigaciones entre estados. Las autoridades trabajaban de manera aislada. Eso permitió que el agresor se desplazara sin levantar sospechas inmediatas.

Su captura inicial ocurrió en 1975 en Utah, tras ser detenido por secuestro agravado. Sin embargo, el caso tomó un giro inesperado cuando protagonizó dos fugas mientras enfrentaba procesos judiciales en Colorado. La segunda, en diciembre de 1977, le permitió huir hacia Florida.

Allí cometería uno de los episodios más conocidos de su historial: el ataque a la residencia estudiantil Chi Omega de la Universidad Estatal de Florida en enero de 1978. Dos jóvenes murieron y otras resultaron gravemente heridas. Semanas después fue detenido tras una infracción de tránsito.

El juicio

El proceso judicial en Florida fue uno de los primeros en ser televisado en Estados Unidos. Bundy decidió en varios momentos representarse a sí mismo. Interrogaba testigos, discutía con fiscales y mantenía una actitud desafiante.

La cobertura mediática fue masiva. De acuerdo con archivos del Departamento de Correcciones de Florida, el juicio atrajo atención nacional e internacional. Incluso recibió cartas de admiradoras que sostenían que era inocente de sus crímenes.

En 1979 fue declarado culpable por los asesinatos vinculados al caso Chi Omega y condenado a muerte. Posteriormente recibió otra sentencia capital por el asesinato de una niña de 12 años en Florida.

Durante años negó su responsabilidad. Pero cuando la fecha de ejecución se acercaba, comenzó a ofrecer confesiones parciales a investigadores. Según el FBI y registros judiciales citados en estudios posteriores de la Behavioral Analysis Unit, Bundy admitió múltiples homicidios cometidos en distintos estados.

Las autoridades estiman que pudo haber asesinado al menos a 30 mujeres, aunque el número exacto nunca se estableció con certeza.

Su caso se convirtió en material de estudio para analistas criminales. Investigaciones del FBI señalan que contribuyó al desarrollo de metodologías de perfilación moderna, especialmente en la comprensión de agresores organizados que planifican y manipulan a sus víctimas.

El final

Tras múltiples apelaciones rechazadas por tribunales estatales y federales, la ejecución se realizó el 24 de enero de 1989 en Florida. Afuera de la prisión hubo manifestaciones divididas: algunos exigían justicia para las víctimas; otros cuestionaban la pena de muerte.

La historia de Bundy dejó varias lecciones. Expuso fallas en la coordinación policial interestatal que luego motivaron mejoras en los sistemas de información criminal. También sacudió la percepción pública sobre cómo puede lucir un agresor.

No era un desconocido marginal. Era un joven que sonreía, que hablaba con seguridad y que parecía confiable. Esa dualidad sigue siendo, décadas después, lo que más inquieta de su caso.