Apareció muerto en una playa y nadie sabía quién era
- 13/09/2026 00:00
Décadas después, el ADN puso un nombre sobre aquel cadáver, aunque todavía quedan preguntas sin respuesta
La mañana del 1 de diciembre comenzó como cualquier otra en una playa situada al sur. Aquel día, dos jóvenes que entrenaban caballos encontraron una escena extraña. Un hombre estaba muerto, recostado contra un muro junto al mar.
Vestía un traje bien cortado y zapatos. No llevaba documentos de identidad. Las etiquetas de su ropa habían sido arrancadas. En sus bolsillos había algunos objetos, entre ellos boletos de tren y autobús que no habían sido utilizados.
Nadie parecía saber quién era. La policía comenzó a investigar, pero pronto descubrió que el muerto parecía haber hecho todo lo posible para borrar sus huellas. No había pasaporte, licencia, cartera ni ninguna identificación que permitiera establecer su nombre.
El cadáver fue fotografiado y sometido a una autopsia. Los médicos tampoco pudieron resolver el misterio. Se encontraron indicios que hicieron pensar en un posible envenenamiento, pero nunca se logró establecer de manera definitiva qué había provocado su muerte.
Y entonces apareció la pista que convertiría aquel caso en una leyenda.
Durante una revisión de sus pertenencias, un patólogo descubrió un pequeño bolsillo cosido en el pantalón. Dentro había un diminuto trozo de papel enrollado.
Solo contenía dos palabras: “Se acabó” (escrita en otro idioma).
La expresión provenía de una famosa colección de poemas. La pista llevó a los investigadores hasta un ejemplar del libro que había sido encontrado en un automóvil estacionado cerca. Una de sus páginas había sido arrancada.
Cuando la policía examinó el libro, descubrió algo todavía más desconcertante: en la parte posterior aparecía una serie de letras aparentemente desordenadas y varios números de teléfono.
Aquello parecía un código. Los investigadores recurrieron incluso a especialistas en criptografía de la inteligencia naval del país. Sin embargo, la secuencia era demasiado corta para permitir una conclusión segura y nunca se consiguió descifrarla de manera convincente.
Uno de los números telefónicos pertenecía a una mujer llamada Jessie, una enfermera que vivía a pocos cientos de metros del lugar donde apareció el cadáver.
La policía la interrogó. Jessie negó conocer al hombre.
Décadas después, su hija contó que su madre había dicho que conocía la identidad del muerto, pero que nunca quiso revelarla. Aquella declaración alimentó todavía más las especulaciones en torno al caso.
El misterio creció y creció como la espuma del mar. Algunos investigadores pensaron que el hombre podía ser un espía extranjero. Otros imaginaron una historia de amor clandestina. También se especuló con que el misterioso código escondiera información relacionada con espionaje durante los primeros años de la Guerra Fría.
Pero ninguna de esas teorías pudo ser demostrada. Después de que la investigación no lograra establecer quién era, el hombre fue enterrado en el cementerio bajo una lápida que simplemente lo identificaba como un desconocido.
El caso se convirtió en uno de los grandes misterios criminales. Investigadores aficionados, policías, periodistas y especialistas intentaron encontrar una respuesta. Se compararon fotografías, huellas, documentos y posibles personas desaparecidas.
Hasta que llegó una herramienta que parecía ciencia ficción: el análisis genético.
En 2021, las autoridades exhumaron los restos del hombre. Paralelamente, el investigador universitario y una genealogista forense estadounidense siguieron otra pista.
En el molde de yeso realizado décadas atrás con el rostro del muerto habían quedado atrapados cabellos. Los investigadores lograron obtener material genético y utilizarlo para buscar coincidencias en bases de datos genealógicas.
La investigación genética produjo miles de posibles coincidencias y obligó a los investigadores a reconstruir árboles familiares hasta encontrar una persona que encajara con las características del desconocido.
El nombre que apareció fue “Charles” Webb, un ingeniero e instrumentista nacido en Melbourne.
Había desaparecido del radar familiar.
La investigación también encontró conexiones que parecían encajar con algunos de los objetos relacionados con el muerto. En una maleta atribuida al hombre de Somerton había ropa marcada con el nombre “T. Keane”. Charles tenía vínculos familiares con los Keane.
Pero la prueba más poderosa llegó mediante el ADN.
Los investigadores localizaron familiares vivos de Webb y compararon sus perfiles genéticos con el material obtenido del hombre de Somerton. Las coincidencias aparecieron tanto por la línea materna como por la paterna, reforzando enormemente la identificación.
La familia Webb también encontró fotografías antiguas. En ellas apareció un hombre joven identificado como Charlie, cuya apariencia guardaba semejanza con el rostro reconstruido del desconocido.
Después de 73 años, el hombre que había sido enterrado sin nombre tenía finalmente una identidad.
En 2026, la policía de Australia todavía no ha entregado al forense su informe definitivo sobre el caso. En julio de este año, las autoridades señalaron que la investigación seguía abierta y que, una vez completado el informe policial, corresponderá al forense determinar oficialmente la identidad.
¿Por qué Webb estaba en Adelaida? ¿Qué ocurrió realmente antes de su muerte? ¿Por qué fueron arrancadas las etiquetas de su ropa? ¿Qué significaban las letras encontradas en el Rubaiyat? ¿Por qué apareció el libro en aquel automóvil? ¿Y qué relación, si alguna, tenía con Jessie?
Incluso la causa de muerte permanece envuelta en incertidumbre. Más de siete décadas después, los restos ya no permiten necesariamente encontrar una respuesta definitiva. Durante 73 años fue un cadáver sin nombre.