Panamá

A 40 años de la desaparición de la periodista Irma Flaquer, escritora June Erlick revive sus dramas y legado

A 40 años de la desaparición de la periodista Irma Flaquer, escritora June Erlick revive sus dramas y legado

miércoles 21 de octubre de 2020 - 3:47 p.m.
Adiel Bonilla
adielbonillam@gmail.com

En memoria de  esta periodista guatemalteca, la SIP lanza hoy la campaña "Lápices inmortales", con un serial especial de lápices con su ADN, facilitado por sus familiares, para recordar su desaparición por informar la verdad

Ocurrió la tarde del  16 de octubre de 1980, en ciudad de Guatemala. Hombres armados y transportados en dos vehículos,  persiguieron, interceptaron y dispararon el auto donde viajaba  la periodista Irma Flaquer Azurdia, que era conducido por su hijo Fernando, de 24 años.

El joven murió a consecuencia de una bala que le penetró la cabeza. Irma –también herida– logró salir del carro gritando por ayuda para su hijo, pero fue alcanzada, encapuchada y lanzada al interior de una camioneta que se dio a la fuga. Nunca más se supo de la periodista. 

Para ese momento, Irma Flaquer era la columnista más leída en Guatemala, país entonces gobernado por una dictadura militar. La opinión pública general asume que la mataron como represalia por sus escritos periodísticos donde denunciaba la corrupción de funcionarios del gobierno y  de militares. Usaba su pluma como única  arma en una lucha frontal que mantuvo contra de la opresión a los indígenas y  en contra de otras violaciones a los derechos humanos. 

Pese al impacto mediático de su desaparición, no hubo esfuerzos oficiales para tratar de esclarecer el caso, siempre bajo el ingrávido argumento de que no había una denuncia formal.

Pero en paralelo, sus familiares fueron amenazados si insistían en tratar de llegar al fondo de lo ocurrido, obligados a olvidar el caso, y algunos incluso a abandonar el país.

La mano de hierro casi logra imponer la cultura del silencio y del olvido. Pero 17 años después, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) abre este caso en el marco de un proyecto denominado "Crímenes Sin Castigo Contra Periodistas".

Es aquí cuando entra en escena la periodista y escritora estadounidense June Carolyn Erlick, contratada por la SIP para realizar una investigación ampliada de la desaparición de Irma Flaquer y el asesinato de otro periodista en Guatemala.

El minucioso trabajo de Edlick ayudó a que este caso fuera el primero que la SIP presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, logrando un histórico fallo que responsabilizó al gobierno guatemalteco de la desaparición de la periodista  (al menos por la negligencia de no darle la debida protección en las circunstancias que rodearon sus últimos días, siendo ella una figura pública).

Pero no todo quedó allí. La periodista June Erlick asumió el caso como una "obsesión personal", continuando viajes e investigaciones por cuenta propia. Y en 2004 publicó el libro Desaparecida: Una Periodista Silenciada, La Historia de Irma Flaquer.
 
En 387 páginas develó el mito de la víctima, mostrando al mundo la parte más humana de una bella mujer y atrevida periodista, quien a pesar de los riesgos respetó la lealtad natural de su alma por el periodismo.

Desde Boston, y en declaraciones para El Siglo, la autora estadounidense pone en perspectiva sus vivencias y esfuerzos por resolver las preguntas que dejó aquella desaparición,  interrogantes que hoy, cuatro décadas después, siguen sin respuestas definitivas, y sin un cuerpo para sellar el duelo de sus  familiares. 

¿Qué emociones le provoca la llegada de la fecha  16 de octubre, en especial ahora que se cumplen 40 años de la desaparición de Irma Flaquer?

Me sigue provocando esa sensación de vacío que deja una persona cuando desaparece,  es algo que está abierto para siempre.  No es  como la  muerte, que deja tristeza y luto, pero al menos está la sensación de que algo acabó.  En cambio cuando una persona desaparece queda algo en el aire para siempre… pero a la vez no hay nada. 

Sus investigaciones y su libro ayudaron a visibilizar  este caso en Guatemala y en la región, ¿pero tenía que venir una persona de otro país para que se comprendiera mejor la historia de esta icónica periodista latinoamericana?

Yo he pensado mucho en eso. Y he  llegado a la conclusión de que no era tan importante en sí  la llegada de una persona de otro país, como la coyuntura especial en la que llegué a Guatemala [en 1997]. Los acuerdos de país habían sido  firmados el año anterior [junto a la Ley de Reconciliación Nacional], y en ese año 1997 la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) había abierto el caso de la desaparición de esta periodista. Pero justo en ese momento  la gente estaba comenzando a hablar con libertad después de la dictadura, y estoy convencida de que era un estímulo que una persona de afuera viniera a preguntarles de ese tema.  

La SIP la invitó a trabajar por 3 meses dentro de su proyecto “Crímenes Sin Castigo Contra Periodistas” que se realizó en cuatro países, incluyendo a Panamá. ¿Cómo se sintió de ser parte de esto?
Feliz. Pero cuando me anunciaron que me correspondía Guatemala, sinceramente me enojé.

¿Por qué?
Porque yo había vivido en Colombia 10 años, y me parecía absurdo que no me hubieran asignado a los casos de Colombia. Además estaba un poco resentida porque la desaparición de la periodista Irma Flaquer ya llevaba 17 años y me parecía un ‘caso viejo’. Habían otros  más recientes que me  transmitían un mayor desafío. Pero yo me dije: ´Vamos s a ver hasta dónde llego con esto’.

Sin embargo tiempo después usted escribió: ‘No esperaba que la vida de esta periodista me cautivara tanto’. ¿Qué provocó este cambio de interés?
Yo inicié sin motivación mi tarea en Guatemala, donde también había sido asignada al caso del asesinato del periodista Jorge Carpio Nicolle. Y justamente mientras indagaba sobre este otro caso, mucha gente me hablaba de Irma Flaquer, me decían que había sido una mujer muy valiente. Entonces comencé a convencerme de que valía la pena el caso, porque habían pasado varios años y las personas seguían recordándola, además todavía no se sabía nada de su cuerpo. Y mientras más profundizaba me decía: ‘Waow y por qué yo nunca supe nada de ella’. Sucedió como cuando tú encuentra un buen reportaje, que mientras más profundiza más te convences de que vale la pena seguir.

¿Le costó conseguir los testimonios de sus conocidos y  familiares?
Sí, me costó. Todavía había un poco de miedo colectivo, de timidez, producto de los hábitos cultivados en una dictadura, la cultura del silencio. Yo me imagino que así ocurrió también en Panamá en la etapa posdictadura de Noriega.  Pero algo que noté de inmediato en la vida de Irma Flaquer, por la forma en que la genta la describía, y por la forma en que ella  escribía, es que esta periodista rompió con esa cultura de silencio, aunque seguía viviendo en una dictadura.

¿Cambiaron los preconceptos que usted tenía de esta periodista desaparecida mientras iba recopilando testimonios?
Fue un proceso paulatino de ir  descubriendo al ser humano detrás de la víctima o de la personalidad pública. Todos esos testimonios me ayudaron a entrar con más profundidad en quién fue ella. Y  a entender también que Irma no fue una santa. Al fin y al cabo fue una madre que dejó a sus dos hijos, aunque mantenía relación con ellos. Hasta hoy en día eso no es muy común. Cuando hay un divorcio, por lo general la madre asume la responsabilidad de los hijos.  Pero todo esto me ayudó a verla como una persona compleja, producto de una niñez compleja, de una dictadura compleja, y de un oficio complejo.

El oficio de periodista le apasionaba a Irma, ¿pero también le asustaba?
Irma siempre estaba tratando de escapar del periodismo [también se formó como psicóloga y en su juventud pensó en ser abogada, pero abandonó los estudios por el periodismo]. Al final, en carne propia llegó a comprender que el periodismo era demasiado difícil en ese ambiente de dictadura.

Pero aun así fue una voz muy crítica para denunciar las injusticias sociales. ¿Era consciente de los riesgos que corría?
Creo que no podía callar. Lo intentó más de una vez, pero al final no podía callar ante las injusticias que veía. Incluso después de sobrevivir a un atentado con bomba, escribió una serie de cuentos literarios, trató de buscar otras carreras. Pero llevaba el periodismo en su alma; simplemente no podía dejarlo. Estaba muy comprometida con denunciar las injusticias, combatir la impunidad y luchar por la libertad de prensa. [Tras su muerte se compiló un volumen con columnas, escritos y reportajes que fue publicado bajo el título "La que nunca calló"].  

¿Los ataques en contra de su integridad y de su vida  la hicieron más fuerte?
Le mostraron con más claridad lo que realmente quería. Cuando ella era muy joven, con 22 años,  escribió un artículo que no le gustó al Gobierno, y el Gobierno le mandó las ‘turbas’, mujeres del mercado a golpearlas. Luego de eso se pone más fuerte, y se dice a sí misma: ‘Yo quiero seguir siendo periodista’.  Pero 10 años después le metieron una bomba en su carro, y este episodio la hizo reflexionar más pausadamente, confirmó que sí quería seguir  ayudando  a la gente, pero tal vez no desde el periodismo. Pero siempre volvía al periodismo, no podía dejarlo.

¿Qué piensa de la valentía de Irma?
Yo creo que era muy valiente, pero también era muy frágil. Es decir, esa valentía era su forma de llenarse de valor para seguir adelante aunque estaba asustada, porque sí se asustaba. Por eso, cuando me mencionan la valentía de Irma Flaquer, yo quiero que la gente la recuerde es por su valentía de decir la verdad. 

¿Con cuál de las teorías sobre la desaparición se identificó en su investigación?
Básicamente hay tres teorías. Yo las analicé. Personalmente no creo que ellos [la guerrilla] tenían en ese momento, en 1980,  la capacidad de hacer la maniobra militar que se hizo en el centro de Guatemala, creo que era demasiado riesgoso.
Pero definitivamente está comprobado que fue la guerrilla la que hizo que ella saliera de su casa. Entonces, ¿fue mala suerte que saliera y la agarraran? ¿O fue una persona de adentro de la guerrilla que informó que ella iba a salir de su casa a tal hora? No tengo pruebas de que es fue lo que pasó, pero me inclino a pensar que  en cierto modo ambos lados tienen la culpa de su desaparición.

Está claro que usted no resolvió el caso. ¿Se sintió fracasada?    
[Silencio…] Esa es una buena pregunta. Yo también me pregunto eso. Por un lado me siento fracasada porque  me  hubiera gustado  saber quién fue el responsable de la desaparición, quién ordenó la operación. Pero por otro lado no me siento fracasada. El solo hecho de que tú, un periodista panameño me estés llamando para hablar sobre el caso, eso me dice que no fue un fracaso.

Usted entregó a la SIP un informe de unas 100 páginas de investigación, pero más adelante solicitó una Beca Fulbright para seguir en el tema y escribir un libro con la historia de Irma. ¿Sentía que no había terminado?
Todavía hoy siento que no he terminado [sonrisas]. Pero mi esperanza es que alguien que sepa algo escuche o lea mi libro y decida  hablar. Mi esperanza es que aquel soldadito del año 1980, que ahora es un señor de 60 años, decida que antes de morir quiere confesar que participó  en esa operación y revele quién la ordenó. 
Yo soy periodista, no investigadora criminal. Entonces mi esperanza también es que los más profesionales puedan encontrar quién dio la orden de capturar a Irma, quiénes participaban en la emboscada. Eso nunca pasó, pero no quita que todavía pueda pasar. Por eso siempre digo que tengo una esperancita. 

Tras su informe,  la  SIP llevó el caso de la desaparición de Irma Flaquer  a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. ¿Cómo tomó esta noticia?
Muy contenta de saber que yo había hecho un buen trabajo, muy contenta de saber que era una forma de adelantar el caso.

Algunas personas han opinado que lo de Irma fue un ‘suicidio’, porque ya estaba advertida del peligro y continuó.  ¿Qué piensa sobre esto?
Yo diría entonces que los periodistas que cubren conflictos, por ejemplo los de México,  también son suicidas. Es decir, uno entiende que al ser periodista acepta ciertos riesgos. Pero la verdad es que Irma Flaquer enfrentaba otros riesgos por ser mujer, por ser mujer bonita, por ser mujer que parecía extranjera, pero ella no pudo detenerse frente a sus realidades.
Uno no sabe lo que pueda pasar, somos muy privilegiados. Nadie me va a matar por mi profesión acá en Harvard, ni a ti tampoco en Panamá, pero no en todas partes es igual… somos privilegiados.

Para la época cuando usted realizó sus investigaciones de la SIP, el 85% de las desapariciones y asesinatos de periodistas quedaban impunes. ¿Qué piensa de la situación actual? 
Lamentablemente no  ha mejorado mucho esa situación.   Tal vez ahora simplemente agarran más a los sicarios, pero en cuanto a los verdaderos responsables sigue habiendo impunidad. 

En enero de 2009, el estado guatemalteco asumió responsabilidad por la desaparición forzada de Irma Flaquer, pidió perdón a los familiares y se comprometió a emprender acciones para reivindicar su memoria. ¿Se hizo justicia con esto?
No.  Al ver todos estos esfuerzos me siento complacida por ver que Irma vive en la mente de los guatemaltecos y más allá… pero sigue sin ser propiamente justicia. Justicia es saber quien cometió el crimen. Justicia es llevar a los responsables a una corte.

¿Cuál es el legado que deja esta periodista valiente, desaparecida desde hace 40 años?
Pues primero, creo que actualmente hay más mujeres que deciden ser periodistas. Dos, la importancia de siempre buscar la verdad. En esto ella se convierte en una  figura de inspiración que trasciende fronteras. Me sorprende, por ejemplo, que los panameños sepan tanto de Irma Flaquer. 
 
¿Cómo ha impactado a su vida investigar y escribir sobre el caso de Irma?
Me abrió a ese mundo de los desaparecidos, a realmente entenderlo desde un sentido emocional. A pesar de que era mi primer libro, yo creo que sigue siendo el más importante, el más íntimo. Y ayudar a reconstruir una vida para mí se hace tangible cuando  veo una foto de Irma en una manifestación en Guatemala. Siento que es mi grano de arena para el universo.

 


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