Espectáculos

Ojo con perderse la novela

Ojo con perderse la novela

martes 15 de mayo de 2018 - 12:00 a.m.
Lucy Cristina Chau
elcuentodelosmartes@gmail.com

El cuento del Martes del 15 de mayo del 2018

Hija desertora de la radionovela y el radioteatro, la telenovela se instaló en nuestras residencias a finales de los setenta para tomar el control de la casa, acompañando a nuestras madres en aquellos largos días de soledad sin wifi, sirviendo de fondo para los trabajos domésticos y educando a las niñas y niños de la casa. Poco a poco, este producto roto de la literatura se fue haciendo ley en los hogares, para asesorarnos mal en cómo afrontar la vida.

Desde que Albertico Limonta apareció en las pantallas latinoamericanas en El Derecho de Nacer, todas las telenovelas han jugado sin cesar con ‘el secreto' que toda familia oculta, para no ‘caer en desgracia'. Así que cuando nos cansamos de los predecibles dramas mexicanos, venidos mucho más a menos con la María pobre, que nos enseñó al pie de la letra la sumisión en camisón, fueron apareciendo las variantes venezolanas, brasileras, colombianas y así, hasta llegar a las coreanas y ahora las turcas, que los aderezan con asesinatos y fortunas robadas.

Hágase de cuenta que llevamos más de treinta años mal educándonos con historias de celos enfermizos, mujeres que claman a los vientos: ‘¡Ese hombre es mío!', y se presentan capaces hasta de cortarles una pierna con tal de mantenerlos en casa engordando y envejeciendo a su lado, muchachitas que fingen embarazos para casarse y suegras manipuladoras, que se asoman con piel de oveja y colmillo de acero a resolver frustraciones propias en cama ajena.

Vivimos historias tan ridículas como las telenovelas, que casi no confesamos en público, pero que nos gobiernan la psiquis desde la intimidad. Aprendimos el sacrificio nunca agradecido en el discurso de la protagonista que paga ‘el crimen que no cometió', aceptamos la humillación del patrón porque eso aprendimos, y —aquí lo más grave —nos olvidamos de la autenticidad, por imitar personajes inventados para entretener; y —sin querer— nos convertimos en el atraso intelectual de una región gobernada por las telenovelas.


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