Curiosidades

Yo se lo vi

Yo se lo vi

lunes 14 de mayo de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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La vagancia reinaba en el pequeño espacio que ocupaban quince colabores

Si el lunes se cobrara por la pereza habría muchos ricos. Era lo mismo todos los lunes: empleados con pereza descomunal, otras, hablando, y exagerando, las intimidades del fin de semana, unos chateando y desayunando, otros en el baño o haciendo vida social por ahí.

‘Yo me las desquito, no me da la gana de comenzar a trabajar, así como a él no le da la gana de ordenar que dejemos de trabajar el sábado, así mismo le pago yo', dijo Toribio y siguió ocioso a pesar de que eran las nueve y media. Ignoraba que a diferencia de todos los lunes, el jefe había llegado antes del inicio de labores y su secretaria no había tenido tiempo de difundir la novedad.

La vagancia reinaba en el pequeño espacio que ocupaban quince colabores, ninguno tenía intención de comenzar a trabajar cuando entró Enriqueta con una cara de susto que todos le preguntaron la razón de ese rostro, pero la mujer, que traía las manos en el pecho, no podía articular ninguna palabra dando pie a comentarios como ‘seguro que vio al diablo en el baño', ‘se vino y aún no sale del orgasmo', ‘se rá que es de las que llaman multiorgásmicas y todavía va por el quinto'; pero se callaron cuando la mujer soltó las manos e hizo un gesto de medida poniendo con fuerza el índice contrario en el otro brazo abarcando muy cerca del codo. Una compañera, que conocía que ese era el gesto que usaba Enriqueta para indicarles de qué tamaño era el miembro de su marido, le preguntó urgentemente ‘a quién se lo viste, ‘Queta', habla, por Dios'.

La mujer repitió la seña y habló: ‘Mi madre, se lo vi a Toribio que estaba tirándose a Miroslava en el baño, y tiene un ‘anacondo', yo me asomé porque ella daba unos quejidos que me llamaron la atención, pero de que la mujer de Toribio come bien, no hay duda, largo y gordo, yo se lo vi'. Ninguno, sorprendidos todos, pudo hacerle ni una señal para que se callara, porque el mandamás, don Rebolledo, estaba parado detrás de ella y de frente a ellos, de manera que oyó toda la historia del ‘anacondo' y los pilló a todos con las manos en cualquier parte menos en el trabajo.

Cuando a Toribio lo llamaron al despacho del jefe, él pensó que sería para darle respuesta positiva de un aumento solicitado días antes, y caminó feliz, pero cuando llegó y vio a Miroslava sentadita en la oficina del don, s e le cayó el ánimo y la sonrisa huyó de su cara complacida.

‘Están despedidos los dos por tener sexo ruidoso en el baño de la empresa, por favor, abandonen inmediatamente el lugar, se van de aquí derecho a la salida, y salen escoltados por los de la seguridad', ordenó don Rebolledo y mandó a su secretaria a buscarle la cartera a Miroslava, que tenía una cara de ira infinita, rabiosa y preguntándose quién los había d elatado.

Salieron como ladrones, Toribio pensando qué explicación le daría a su mujer del porqué del despido sorpresivo, y Miroslava sangrándose la mente en busca del nombre del delator, el que supo esa misma noche, cuando pudo comunicarse con algunos de sus compañeros. Y empezó a planear la venganza que concretó al día siguiente en la parada cercana a la empresa, donde esperó a Enriqueta y la conectó sorpresivamente, pero aquella se defendió y rapidito la puso debajo de sus 200 libras y le sacó el nombre de los tres compañeros que le habían pasado el dato.

La noticia de la agresión en contra de Enriqueta llegó al mandamás, quien al día siguiente aprovechó para mandar a la casa a los tres soplones, sembrando el susto entre los restantes, por lo que ninguno se atrevió a decir ni esta boca es mía cuando llegó la mujer de Toribio preguntándoles por qué realmente habían despedido a su marido.

‘Él dice que lo botaron porque alguien le metió un celular ajeno en su puesto', repetía ansiosa la pobre mujer ante el silencio sepulcral de los que aún tenían chamba.

El ojo del amo hace más trabajo que sus dos manos.
 

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