Curiosidades

La visión nocturnal

La visión nocturnal

jueves 7 de noviembre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Nadie visitaba el caserón de aquella esquina solitaria, muy solitaria par ser un barrio tan popular. 

Nadie visitaba el caserón de aquella esquina solitaria, muy solitaria par ser un barrio tan popular. Era entendible por la reputación de casa fantasmal que tenía la antigua y abandonada mole. Los vecinos preferían dar un rodeo antes que aproximarse a ella, o pasar muy rápido y santiguándose para protegerse contra el mal. Pero… ¿había acaso algo que temer? La gente decía que se escuchaban voces procedentes de su interior, o ruidos extraños, y algunos juraban haber visto fantasmas en las ventanas, en el portal de entrada o en el jardín. Pero otros chanceaban con eso: ‘mira que vivir nosotros en un barrio barato, antiguo, venido a menos, ya que la gente que lo habita es muy pobre, y tener como únicos vecinos ricos a unos fantasmas'. Sí. La casa, de estilo y época colonial, denotaba el poder adquisitivo de quienes habían sido sus dueños.

Vivía en el barrio Fermín, muchacho alegre y galanteador, que estaba enamorado de una… dos… o tres muchachas de la vecindad. A Fermín le gustaba visitarlas por la noche para pasar el rato y algo más, pero siempre con temor de que la gente advirtiera que tenía más de una enamorada. Este dato podía llegar a sus ‘amadas'. ¿Cómo evitarlo? Pensaba en ello cuando notó que se acercaba al caserón abandonado. Él era hombre valiente, así que no lo evitó, ni aceleró el paso. Miró con atención y no vio a nadie. ¿Cómo podía la gente ser tan crédula? ¿Cómo podían tener miedo? Se detuvo en seco porque ahora lo veía claro. Había pensado las palabras claves: credulidad y miedo.

El martes, Fermín, en casa de Rosario, otra de sus novias la mimaba cuando una hermana de la joven llegó a la carrera. ‘¿Oyeron lo que comentan todos? Vieron una ‘abusión' cerca de aquí'. ‘¿Cómo era?', inquirió Fermín. ‘Una figura blanca, vaporosa, de forma indefinida. A la distancia no se le distinguía bien'. ‘¿Nadie se acercó?' ‘Quién se le va a acercar. Ni los policías. Esta es área roja. Y ya se sabe que los policías no quieren nada ni con delincuentes ni con fantasmas'. ‘Pero sí quieren a las rameras y a los indocumentados. Si se les dice que el fantasma tal vez esté indocumentado puede que muestren interés', bromeó Fermín. Pero lo oyó Luis, hermano de Rosario, que llegaba en ese momento, y este pensó: ‘Tal vez el fantasma sí sea un indocumentado que evita que se le acerquen disfrazándose'. Lo comentó con tres amigos esa misma semana .

El viernes los cuatro rondaban el barrio en motos. En un callejón divisaron al fantasma. ¡Y cerca de la casona! ‘Sigámoslo. Andando en moto qué nos puede pasar', arengó Luis. Y lo alcanzaron. Sacaron piedras de una chácara y lo atizaron. A la visión no le quedó otra que s altar el murito de la casa y meterse por un recodo. Sus atacantes no se atrevieron a seguirlo. Pero adentro, Fermín, jadeando, se quitaba la sábana y examinaba la sangre de las heridas, los chichones en la frente y se dolía de un ojo hinchado. Mas al dejar de mirarse fue cuando de verdad se asustó y quedó sin aliento: un horrible espectro lo miraba fijamente. Fermín perdió el sentido.

Vivía en el barrio Fermín, muchacho alegre y galanteador, que estaba enamorado de una… dos… o tres muchachas de la vecindad. A Fermín le gustaba visitarlas por la noche para pasar el rato y algo más, pero siempre con temor de que la gente advirtiera que tenía más de una enamorada.
 

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