Curiosidades

Ahí viene matusalén 2

Ahí viene matusalén 2

jueves 30 de agosto de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Enseguida saqué mis ahorros y le compré una casa a mi nueva mujer y a mis hijastros, quienes

Cuando conocí a Yaribeth quedé loquito por ella, claro, ella también me mostró que yo le gustaba, que me veía sumamente atractivo, que hasta mis canas humedecían su juventud. Yo no lo medité siquiera, y fui dejando mi viejo hogar, al pariente que me dijo, para que yo recapacitara: ‘Viejo que se enamora cerca tiene su hora', le metí dos trompadas y lo tumbé, porque lo agarré desprevenido, en esos días oír que me decían viejo era una ofensa.

Enseguida saqué mis ahorros y le compré una casa a mi nueva mujer y a mis hijastros, quienes, el día de mi desgracia, estaban, como a diario, con esos jueguitos electrónicos de ahora, con los que pasaban todo el día. Entré y los oí decir: ‘Ya llegó Matusalén 2', otro empezó a cantar: ‘Pilas, pilas, que llegó el viejo cabrón, ojalá pronto se le pare el corazón, cabrón, cabrón'.

El rapeo me llenó de ira y les dije un par de verdades, y se me enfrentaron como dos iguales; entramos en un pleito verbal en el que yo me di gusto cantándoles todo lo que llevaba guardado desde dos meses antes, cuando dejé mi hogar sin sombra paterna y me fui a darles sombra a esos malcriados hijos de Yaribeth, quien a diario me injuriaba y me gritaba que a ella no le daba la gana de que yo les pusiera orden.

Cuando se callaron les grité: ‘A partir de ahora mismo hay horario para el uso del celular y de esos otros aparatos, y para estudiar, nadie puede estar chateando después de las ocho y media de la noche, y nadie va a comer en el sillón ni con el celular en la mano, nadie es nadie, y todo el mundo se va a bañar temprano'. El pelao mayor soltó una carcajada que el otro secundó con el rapeo: ‘aplástalo, camión, porque es un gran cabrón, maricón y chombón'.

De rabia pura se me pararon los pelos, le amagué cerca del rostro, y eso lo enfureció, se me vino encima dispuesto a pegarme en la cara. Detuve el golpe a milímetros, por lo que el chiquillo del carajo se acordó de sus piernas y me lanzó un golpe que solo me tocó, pero fue suficiente para que yo perdiera todo el control y sacara mi mano dispuesto a volverlo nada.

No logré conectarlo como quería, porque el otro malcriado me tiró uno de los aparatos con los que jugaba haciéndome fallar. Empezaron a lanzarme zapatos, los mismos que yo, apasionado por Yaribeth, les había comprado con el dinero que debió haber sido para comprarles el calzado a mis propios hijos. La acción de verme como un chiquillo en una guerra de zapatos y el dolor de ver cómo yo había despreciado a mis hijos para cuidar a los ajenos le pasaron factura a mi motor, por lo que sentí que todo me daba vueltas y no soportaba el dolor en el brazo izquierdo.

Ese es el último recuerdo que tengo; lo demás lo supe después, cuando reaccioné en el hospital. Al parecer, unos vecinos, al oír el escándalo, llamaron a la Policía. También me enteré allá, de que los chiquillos dijeron que yo los estaba maltratando, por lo que ellos tuvieron que defenderse.

Cuando me recuperé un poco llamé a Yaribeth, mi mujer, quien me reclamó mi supuesta actitud en contra de sus pelaos, y añadió. ‘Clarito te lo dije, Aristóbolo, que no intentaras cambiarles todo su modo de vivir, y no me hiciste caso, ahora, mira lo que sacaste, mañana te mando la ropa y todo lo tuyo, además, apenas salgas del hospital tienes que enfrentar una querella por maltrato a menores, así que decide si llegamos a un acuerdo con buen chenchén para mí, esa es la condición para retirar la demanda'. Esa noticia me impactó y recaí, pero, contrario a mis deseos, no me morí. El día que salí tuvo mi vieja que ir a buscarme y llevarme con ella. Camino hacia su casa pasamos frente a mi antiguo y primer hogar, solo verlo me sacó un río de lágrimas tardías.

Quien de los suyos se aleja Dios también lo deja.
 

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