Curiosidades

Vengo por el pañuelo de mi marido

Vengo por el pañuelo de mi marido

miércoles 2 de mayo de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Amaranta no era de las que lloraban cuando surgía una crisis conyugal, ni las lágrimas ni los reclamos inútiles estaban en su estilo

Amaranta no era de las que lloraban cuando surgía una crisis conyugal, ni las lágrimas ni los reclamos inútiles estaban en su estilo. ‘Me casé hasta que la muerte nos separe, y por eso aún no ha nacido la mujer que me arrebate a Jonás, lo mío es quitarla de en medio', pregonaba la bella de tetas majestuosas que habían sido su carta fuerte para llevar a Jonás al juzgado y al altar, pero como aquel era goloso, de vez en cuando se perdía y como era experto en aprovechar los momentos críticos para explotar la imaginación, siempre hallaba una razón creíble para justificar ese tiempo que no estuvo ni en el trabajo ni en el tranque, porque aunque le gustaba probar otras sazones, la de la casa era la que siempre lo llenaba y no quería perderla.

Ya había oído a Amaranta decir que si le descubría algún pecadillo, se lo haría saber a los hijos de ambos, para que estuvieran al tanto de las falencias del padre, y eso era algo que aculillaba a Jonás, cualquier cosa menos que sus hijos dejaran de verlo como un padre y esposo ejemplar, lo que le valió que ellos mismos convencieran a Amaranta para que le diera permiso de asistir solo a la fiesta que la empresa les ofreció por el Día del Obrero, en la que bailó con Roxana, una de las más suculentas y evaluada con cinco de cara y de cuerpo por el personal masculino que a todas les daba su evaluación según los atributos físicos; de la fiesta pasaron a otro sitio más privado, pero antes de llegar, los lentes de contacto le provocaron un lagrimeo abundante a la bella, y Jonás, que no era de la década del setenta, pero que aún usaba pañuelo, sacó el suyo y le secó las lágrimas a Roxana, a quien el percance no le impidió fajarse en un cuerpo a cuerpo cerrado con el compañero de trabajo y dejarlo exprimidito, tanto que a duras penas llegó a su hogar, y cogió cama enseguida mientras su mujer tiraba a la canasta la ropa sucia, y extrañó de inmediato el pañuelo de su hombre.

Apenas se despertó, horas después, recordó que Roxana no le había devuelto el pañuelo, y le escribió para que sin falta se lo llevara al día siguiente. ‘Un verdadero caballero nunca pide que le devuelvan un pañuelo, déjamelo de recuerdo', respondió ella, y Jonás prefirió idear algunas respuestas en caso de que Amaranta le preguntara por la prenda, lo que no ocurrió, porque su mujer no era de atacarlo a él, ‘eso no lo hace una mujer inteligente', les decía ella a sus amigas, quienes tenían un contacto en la empresa donde laboraba Jonás, y comenzaron la investigación que antes de una hora ya tenía nombre completo y la probable dirección de la mujer que se suponía se había goloseado a Jonás la noche de la fiesta.

‘Veinte dólares no me caen mal', pensó el seguridad y compañero de Jonás cuando otro compañero le pidió que le soltara la dirección de Roxana, adonde había ido a hacerle trabajos de plomería. Pero se arrepintió porque aquella siempre le prestaba sin interés para terminar la quincena y no perecer de hambre. ‘No tengo idea', dijo categórico, y el otro no insistió, pero cambió una hora después, cuando lo llamó su amante para pedirle veinte panchos en el acto. ‘Consíguemelos o no hay más bacalao suda'o', amenazó la amante, y el seguridad fue de inmediato a soplar la dirección de Roxana.

Allá llegó Amaranta al anochecer y tocó suavemente la puerta de la casa de Roxana. ‘Vengo por el pañuelo de mi marido', le dijo al hombre encarado que le abrió. Y lo puso al tanto: ‘No sé cómo llegó el pañuelo de mi marido a la cartera de su mujer, pero sé que de la fiesta salieron juntos a las once y mi marido llegó a la casa a las dos de la madrugada, analice y saque usted mismo sus conclusiones y dígale a su mujer que con mi marido no se meta'.

En las crisis, unos lloran y otros venden pañuelos
 

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