Curiosidades

¡El vena'o, el vena'o!

¡El vena'o, el vena'o!

sábado 16 de julio de 2022 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Así le decían a Martín y él ni se daba por enterado. Todos en el pueblo lo sabían, pero él estaba tan ciegamente enamorado de su mujer

Así le decían a Martín y él ni se daba por enterado. Todos en el pueblo lo sabían, pero él estaba tan ciegamente enamorado de su mujer, que el vana'o le caminaba al lado y ni se percataba.

Era un buen hombre: trabajador, hogareño, buen hijo, amigo y esposo. El hombre ideal que casi siempre cae en manos de la más tremenda del pueblo. Esta es su historia.

Martín se casó muy joven con Marta. Ambos acudían al mismo plantel desde la primaria y cuando culminaron sus estudios secundarios, se casaron porque pronto les llegó la cigüeña.

Los primeros años fueron de felicidad, como todo matrimonio que inicia.

Martín laboraba como albañil y Marta se dedicaba a cuidar de Daniela y María y atender el hogar.

Él trabajaba duro por lo que Marta le permitía que se divirtiera los sábados. Llegaba jumaito a la casa acompañado de su compadre, Fermín, padrino de su hija María.

Fermín, viudo de años, vivía solo a pocas cuadras de la casa de su amigo Martín.

Para las fiestas de fin de año, en la casa de Martin se hacían unos pachangones en la que estaba metido como pie de cañón Fermín, un tipo que no se veía mal, alto, corpulento, de buen vestir.

Para esas fiestas Marta se arreglaba muy bien y toda la ropa que usaba barata o de marca le quedaba divina.

A sus 45 años tenía aún la piel tersa y los músculos firmes. Sus nalgas muy parecidas a la de Iris Chacón en sus tiempos demuestran que aún era una potranca digna del mejor jinete.

A Fermín se le iban los ojos cada vez que Marta pasaba a su lado entregando un plato de arroz con pollo, ensalada de feria y jamón tradicional, menú de esas fiestas.

Cuando la dejaba de perseguir con la mirada bajaba la cabeza y expresaba en voz baja: ‘¡jo, el diablo es puerco!'.

Marta no era tonta y menos ingenua sabía que Fermín la miraba y por eso contoneaba más el trasero.

Esos coqueteos, miradas, roces que venían dando desde hace rato: el los cumpleaños de los niños, las fiestas de fin de año, carnavales, fiestas, patrias…. Y Martín ni se daba por enterado, se la pasaba cazando vena'o cuando él era en realidad el vena'o.

En una ocasión la madre de Martín, de muy avanzada edad, enfermó de gravedad por lo que viajó a Buenos Aires, una comunidad tierra adentro en Veraguas.

Por allá se quedó casi dos semanas.

Martín antes de irse, le dijo a su compadre que velará por su mujer y sus muchachos y Fermín le respondió: ‘tranquilo, compadre, yo me encargo, usted tómese su tiempo'.

Al segundo día de haber viajado Martín a Ocú, Fermín, pasada la medianoche, cuando el vecindario dormía, le tocó la puerta a Marta y ella lo dejó pasar.

Los niños dormían en su cuarto y ella estaba en ropa de dormir muy ligera.

Fermín sin mediar palabra la arrojó sobre la cama y se fundieron entre sábanas blancas. Así pasaron los días y los amantes pasaron las noches juntos.

Fermín ingresaba a la casa de Marta siempre a la media noche, para evitar sospechas, pero lo que no se imaginaban era que ambos desde hace rato eran monitoreados por el viejo Ulises, llamado ‘legua fría', por lo bochinchoso y metiche.

Cuando regresó Martín del sepelio de sus madre fue recibido con mimos y abrazos de parte de su mujer. Cada vez que Martín salía en las mañanas rumbo a su trabajo, el viejo Ulises le cantaba: ‘El vena'o, el vena'o'.

Pasaron dos meses de su regreso de Ocú y Marta le dijo: ‘mira que ‘toy preña'a'. Martín brincaba en un pie. A los 9 meses nació Miguel, en nada parecido a su supuesto padre.

Lo bautizaron y ese día se hizo una gran fiesta, a la que acudió, por supuesto, Fermín como padrino de la criatura.

Miguelito creció y era el vivo retrato de su Padrino. El ingenuo de Martín le dijo un día a su compadre, en una ocasión, jugando un domingo: ‘compadre hace rato quería darle las gracias por cuidar a mi mujer y a mis muchachos'. Mientras tanto todas las mañanas el viejo Ulises le cantaba: el ‘vena'o, el vena'o'.

Su compadre le tenía un queso a su mujer. Un día tuvo que salir de casa para cuidar de su madre, ahí fue que el Fermín se aprovechó. Y, aunque los infieles pensaban que nadie sabía del amorío, un vecino vidajeno recogió toda la cinta.
 

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