Curiosidades

Por qué unos ganan y otros pierden con la cuarentena

Por qué unos ganan y otros pierden con la cuarentena

sábado 18 de julio de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Con la cuarentena las cosas habían cambiado drásticamente para Guiudita

Con la cuarentena las cosas habían cambiado drásticamente para Guiudita. Como el restaurante donde servía las comidas en minifaldas cerró, su única esperanza para recoger era de la ayuda del gobierno, que llegaban un mes si, otro no. Para su consuelo, no solo ella pasaba mal con el virus chino.

En las tardes, se colocaban mesas en los patios sin muros para ofrecer todo tipo de productos en el barrio.

La gente ocupaba las primeras horas del día ingeniando qué vender. Y los resultados de estrujarse los sesos no eran malos. Eso se sentía cuando soplaba la brisa combinada los olores de las hojaldas con los chicharrones calientes, el olor del sancocho de pollo blandito con el ‘saos' que te hace lagrimear. Y así. Todo esto lo ponían a la venta en las tardes, cosa que no llegaran los tongos y se vieran obligados a meter todo a la carrera y se estropeara la comida, que si no se vendía era la cena de la noche y el desayuno y almuerzo del día siguiente.

Cuando le llegaban los primeros olores por la ventana, Guiudita empezaba a arreglarse de la misma forma que lo hacía cuando iba a los bailes con La Coneja en el toldo que está a la orilla de la Panamericana.

Cuando se arrimaba a los puestos de comida, con aquella fragancia única, los manes salían al patio dizque a ayudar en la venta de comida. Pasaban los minutos observando aquellas curvas y respirando ese perfume. Guiudita sabía, sin mirar, que los manes con hambre la taladraban por todos lados con aquellos ojos láser.

Empezaba el recorrido en las casas de la entrada del barrio y terminaba en la última, donde el Chacho, un jubilado. Don Chacho era viudo y no sacaba nada para vender en el patio, al menos eso sabían los vecinos. Aún así, la chichi, compraba y compraba con lo poco que tenía de dinero líquido y se estacionaba donde el viejo por horas.

Es más, cuenta la vecina que lava ropa ajena que una noche los invadieron los tongos y no hubo chance de recoger nada. La gente salió despavorida y con el tiempo justo para trancar las puertas.

Aquella noche, a Guiudita no le tocó de otra que encerrarse en la casa del jubilado, aunque todos los manes estaban más que dispuestos a abrir la puerta de atrás para que entrara y se quedara el tiempo necesario. Pero no fue así.

A la mañana siguiente la vieron salir como Chanita por su casa de la vivienda del don y éste hasta la despidió con cara de pelao travieso en el patio. Desde esa noche, dicen las sudan la gota gorda friendo las hojaldas y chicharrones para la venta, que la economía de Guiudita empezó a engordar.

El cambio fue demasiado notorio. Y más en tiempo de encierro colectivo por ese virus maldito.

Ahora no tomaba bus para ir al super con su vale digital. El chof del taxi le bajaba los paquetes y los dejaba en la mesa. Pero, una mañana llegaron los hijos de don Chacho, alertados por quién sabe quién, y se lo llevaron y rentaron la casa a unos chamos que se dedicaban al reparto en motos. El virus chino fue empeorando todo y Guiudita se montó en el carrito: sacó su mesa y empezó a vender frituras. Y aunque la gente pensaba que la chichi no sabía ni calentar el agua para los huevos, era la que más cliente tenía. Los manes se gastaban hasta el último centavo comprando y cuando se acaba la mercancía se ofrecían para ayudar para recoger la mesa y ayudarla en la fregadera de los cacharros.

Guiudita sabía, sin mirar, que los manes hambrientos la taladraban por todos lados con aquellos ojos láser.
 

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