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Sorprendido en una pornovideollamada

Sorprendido en una pornovideollamada

sábado 23 de mayo de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Una de las cosas que Jacinta agrade de la pandemia es el confinamiento

Una de las cosas que Jacinta agrade de la pandemia es el confinamiento. Resulta que el marido, que antes le salía con el cuento de las horas extras y hasta el trabajo corrido por un fin de semana, siendo él un empleado canalero, raso, pero canalero, donde hay una planilla que ni les cuento. La esposa se calaba eso de los turnos a medias, ella sabía que algo más había detrás, sobre todo cuando el man regresaba agotado de se tiraba a la cama y hasta le pedía que le llevara el pebre a la cama, como en los hoteles de lujo. Ella lo cumplía tal como lo hacían las mujeres de su generación, tatarabuelas, abuelas y madres. Ahora el marido de Jacinta ya no tenía horas extras que cumplir, así que iba al empleo de botero y regresa temprano. Por el semblante, parece que trabajar menos le causaba tristeza. Jacinta se sospechaba lo que estaba pasando, ya una vecina de esas que ve más lo que pasa afuera que lo que ocurre dentro de su casa, le había dicho en la tienda del chino, abre los ojos mujer, que a esos empleados, con el carné canalero en el pecho, le caen las mujeres como moscas. Ella no hacía caso de la corazonada de la vecina porque nunca fue verdad que le avisó cuando la hija se quedaba sola en la casa y pasó lo que no tenía que pasar, el domingo siete.

Volviendo a la cuarentena, el esposo regresaba y se encuartelaba con el celular en la mano. Esa manía de ir hasta al baño con el aparato en mano le picó la curiosidad a Jacinta, que de la nada sacó valor y entró a llevarle un vaso de limonada natural, el man era de exigir bebidas naturales, nada de esas vainas de cartuchos. Cuando el estiró la mano para tomar el vaso, ella le arrancó el celular y se quedó petrificada al ver la pantalla. Fue como si le saliera una culebra y se quedara de piedra. Al segundo sus manos empezaron a temblar. Pero ya el esposo había arrancado el celular de la mano.

La mujer que se movía sin ropa en la pantalla no era desconocida para Jacinta. El esposo la llevó meses atrás a la casa y la presentó como la amiga de la iglesia a la que asiste. Se veía con una decena de kilos más que como la recordaba Jacinta, que cuando le pasó el trance se encerró en el cuarto de la niña. El encierro le duró hasta que no tuvo lágrimas y el estómago le preguntó si él tenía culpa de las perrerías del marido. Como ese día le tocaba salir a las mujeres, se puso el vestido más corto que tenía y se fue al supermercado. Así salía siempre, bien trajeada y con la cara pintada de rojo. Cuando regresaba se tumbaba en el sofá, y con el celular en la mano. Era un ojo por ojo más doloroso para ella. A la semana siguiente, convenció a un ex compañero de trabajo que le hiciera una videollamada casi sin ropa. A la hora acordada, ella atendió el celular y lo puso en la mesa mientras se fue al patio trasero. El marido pasó por un vaso de agua y estiró el cuello lo más cerca de la pantalla. El baile del man estaba en su apogeo. El man anotó el número y se juró que ese pagaría bien caro ese bailecito.

Cuando el estiró la mano para tomar el vaso, ella le arrancó el celular y se quedó petrificada al ver la pantalla. Fue como si le saliera una culebra y se quedara de piedra. Interamericana.
 

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