Curiosidades

¡Se lo digo!

¡Se lo digo!

sábado 23 de diciembre de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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La convivencia, que es la prueba de fuego para quienes creen estar profundamente enamorados

Aida le comió cuento a Ernesto, quien le juró muchas veces que él la quería a ella y a su pollita, Aidilín, que aún no alcanzaba los diez años, pero era más viva que dos y tres de menor edad. Las compañeras le sugerían no ser tan crédula cuando ella decía: ‘Ay, Ernesto quiere mucho a la bebi, dice que él es de los que quieren a la gallina y a los pollitos, por eso me casaré con él, quiere a Aidilín como si ella llevara su propia sangre'.

La convivencia, que es la prueba de fuego para quienes creen estar profundamente enamorados y deciden casarse o vivir juntos, pasó semitranquila los dos primeros meses, Ernesto era uno en presencia de Aida y otro totalmente diferente en su ausencia, pero el congo se le alborotó una tarde en la que se quedó a solas con su hijastra, que lo oyó hablar con su ex sobre la plata que le daría para los juguetes de los hijos. La chiquilla agudizó todos sus sentidos, y recogió toda la conversación. Esa misma noche, cuando llegó Aida, la pelá le anunció que ya tenía lista la carta para Santa.

Y leyó el listado de pedidos, por lo que Aida levantó las cejas y dijo que de dónde iba a sacar para tantos regalos, y miró con esperanza a su marido con la ilusión de que este diera una manifestación monetaria del gran amor que decía sentir por su hijastra, pero Ernesto siguió degustando sus macarrones y se hizo de oídos sordos. Reaccionó cuando su mujer traqueó tres veces la carta de su hijita y le apartó el plato exigiéndole ‘di algo, no te quedes callado como si fueras mudo o como si estuviera yo hablando de un tema que no te concierne, di algo, mete la mano a tu cartera que bien que sabías que yo tenía mi hija, nunca te la oculté, te bajas del bus o ahí está la puerta'.

Ernesto pensó en su tarjeta vacía, en un dos por tres la había desplumado, porque quería callar su conciencia comprándoles a sus hijos los mejores regalos, en un desesperado afán por trocar su ausencia del hogar con un juguete caro. En eso meditaba cuando Aidilín, aprovechando que su madre había ido a fregar, le cantó bajito y con malicia: ‘Se lo digo, se lo digo, se lo digo ya, compraste juguetes caros pa' los de allá, se lo digo ya'. Al padrastro le dieron ganas de meterle un cafá, pero eso significaría el fin de sus días en esa casa, y pudo más la pasión que sentía por Aida, quien entró en ese momento y alcanzó a oír ‘se lo digo, se lo digo ya'.

Miró a su hija con las cejas en alto, pero arrinconó de nuevo a Ernesto: ‘Cuánto vas a poner, podemos ir ahora mismo a comprarle los regalos a la bebi, contéstame para saber cuánto debo llevar'. El hombre sintió que la cena se le devolvía y se le quedaba atorada en la garganta, le pareció que el sofá se movía como una mujer ardiente y enamorada, y gritó: ‘está temblando, hay temblor'.

‘Qué temblor del carajo, soy yo la que estoy moviendo el sillón mientras espero que metas la mano en tu cartera', le gritó en la oreja su mujer. Aún no se reponía del estruendo auditivo cuando Aidilín empezó su cancioncilla: ‘Se lo digo, se lo digo ya'. Y la madre, que estaba de verdad furiosa, la jamaqueó preguntándole qué tenía que decirle. Y la chiquilla soltó lo escuchado esa tarde, casi mil panchos le había enviado Ernesto a su ex para la Navidad de sus hijos.

Terminar el cuento la chiquilla y soltarle Aida una andanada de golpes fueron casi simultáneos.

Y lo sacó de la casa sin miramientos, ni la ropa lo dejó sacar: ‘Te largas como estás o te doy filo, infeliz, dizque querías como un padre a mi hijita y ahora la ninguneas por esos que ya no son parte de tu vida'.

Tonta 1: Mi novio quiere un montón a mi hija. Tonta 2: La ama como si fuera su papito.
 

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