Curiosidades

Por dos de 20

Por dos de 20

domingo 12 de enero de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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La fama de Conchita era ampliamente conocida en el barrio. 

La fama de Conchita era ampliamente conocida en el barrio. Ella misma se la pasaba diciendo que su experiencia valía por dos muchachas de 20. No era que tuviese 40 abriles, eso no, la doña trepaba ya los cincuenta y muchos, pero en los toldos era la sensación de la noche.

Laboraba duramente limpiando casas de lunes a sábado. Eso sí, a medio día, iba por fuera. La patrona, por consideración le daba este tipo de salario emocional. Conchita había trabajado en su casa desde hace más de 30 años. Los sábados de quincena, junto a otras vecinas, se iba de rumba al toldo que queda en Pueblo Nuevo donde la gente suspira toda la noche. Conchita era de esas damas que no tenía que rogarle a ningún parejo, más bien, tenía que pasar negando el baile a mucha gente.

Se vestía con traje rojo, por encima de la rodilla, y zapatos de alto. Pero el pegue con los parejos era el pelo, esa larga cabellera que no tenía una cana y con todo y esa carga de años que tenía.

En el toldo le gustaba pagar una mesa cerca de la tarima. Con el dinero que cobra se puede dar esos lujos. Con sus amigas se tomaban un par de frías y de botellas de agua. Cuando la música arrancada, cerca de las diez y media, era de las primeras que salía a la pista. A todo el parejo que la pisara lo dejaba en la pista, era su norma y la que le recomendaba a las compañeras de parking.

Conchita baila toda la noche, pero siempre volvía a la mesa y cuando el músico tocaba el mogollón, casi de mañanita, tomaban un taxi que las llevara a la casa. Nunca en bus, repito, esos eran lujos que se podía dar con lo que ganaba en el empleo de limpiar una mansión.

Así marchaban las cosas hasta que Conchita se enamoró profundamente de un doctor, que conoció en una noche de toldo. El médico santeño era mucho más joven que ella, pero la carga no estaba tampoco tan dispareja de años. Era un divorciado que no quería terminar el paso por este mundo solito.

Ahora, en la mesa de Conchita, se había sumado una silla más, la del doctor, pero a la hora de pagar, el hombre hacía hacer su condición de caballero de la mesa y sacaba una cartera de esas que andan esponjas de verdes.

En cualquier momento se nos muda la Conchita, se relajeaban las vecinas y compañeras de parranda. La cosa iba de maravilla, mejor que eso, de las mil maravillas, hasta que en un baile, se apareció una dama, repartiendo botellazos en la cabeza de la gente y a Conchita le tocó parte de ese festín de vidrio.

Estuvo días hospitalizada. Le remendaron la cabeza y para ello fue necesario que le cortaran parte de la hermosa melena. Fue por aquellos días que cayó en cuenta de que algo misterioso había con el médico santeño y la tipa que repartió vidrio a diestra y siniestra. Continuará.

Conchita baila toda la noche, pero siempre volvía a la mesa y cuando el músico tocaba el mogollón.
 

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