Curiosidades

Ponte el cinturón

Ponte el cinturón

domingo 7 de mayo de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
redaccion@elsiglo.com

Llevaba yo media hora echando víveres en mi carretilla cuando oí en la sección de las carnes una voz conocida haciendo un pedido grande.

‘Ponte el cinturón, ponte el cinturón', me decía mi marido cada vez que me daba el dinerillo para que yo pusiera la mesa durante quince días. El tacaño me contestaba así cuando yo trataba de hacerle ver que con sesenta dólares era casi imposible que yo pudiera comprar comida para él, mis tres hijos y yo. Así pasé yo unos cinco años y varios meses, pidiendo crédito en las tiendas, vendiendo duro, jodiendo al mundo con unas rifas de platones de comida; ante la posibilidad de cualquier actividad que me reportara unos verdes yo gritaba ‘Abigail presente'. Fue en una comilona de políticos recién estrenados que conocí a una señora mayor que yo y quien me ayudó con un puestito para vender frituras. Me quedaban unos quince dólares cada mañana, eso sí, trajinaba hasta la medianoche y a las tres de la madrugada ya estaba levantada, pero veía compensado mi sacrificio a las ocho, cuando regresaba a mi hogar con algo más para completar la comida de la quincena. Ya ni le reclamaba a mi marido para que me diera más dinero ni él preguntaba. Se hacía, supongo yo, de la vista gorda cuando abría su lonchera y hallaba más y mejor comida. Solo dos meses me duró el goce, mi salud de mujer desnutrida no resistió el pesado trabajo y me mandó a la cama. Tuve que dejarlo, pero ya había perdido la práctica del malabarismo a la hora de ir al supermercado, así que me le enfrenté a mi marido, quien me repitió: ‘Ponte el cinturón, haz tu presupuesto y ajústate a ese, lo que pasa es que tú vas al supermercado a ciegas, sin una guía, sin nada, cuándo vas a aprender a ponerte el cinturón'. La reprimenda, unida a la preocupación de cómo estirar los sesenta dólares para que me alcanzaran durante quince días, me provocó un llanto de media hora, lo que no conmovió a mi marido, quien solo me dijo: Deja la lloradera y ponte el cinturón, no puedo darte más plata, yo también tengo mis gastos y nunca ando con las cuentas en rojo, porque yo sí sé ponerme el cinturón. Cuando pude dejar de llorar salí rumbo al supermercado, deseando encontrar una varita mágica que me triplicara los sesenta panchos. Oí decir que en un punto apartado había un puesto de comida para pobres, así que, con dolor en mi alma, tomé un taxi no sin antes preguntarle al conductor por cuánto me llevaba al baratillo de productos alimenticios. ‘Suba, suba que la llevo gratis, yo voy para ese lado', me dijo, y me subí contenta, pero enseguida el hombre empezó a criticar la comida que yo iba a comprar tratando de convencerme de que afectaba la salud. No pude resistir y le conté mi desventura de la poca plata que me daba mi marido para la alimentación familiar. El taxista me escuchaba mientras movía la cabeza en señal de crítica por la desconsideración de mi esposo de darme tan poco dinero. ‘Ese marido suyo cree que estamos a principios de siglo, no será que tiene otra', me dijo de repente y así mismo se ofreció a llevarme a un supermercado a comprar lo necesario para alimentar a mi familia durante quince días. ‘Yo le voy a pagar lo que usted compre, ayer me gané una platita y nada pierdo con comprarle tranquilidad a una mujer linda', me prometió el taxista y yo acepté, dispuesta a pagárselo de otra manera si eran esas sus verdaderas intenciones. Entré sola al supermercado, mi nuevo amigo me dio el dinero y dijo que por ser casado no le convenía que lo vieran comprando conmigo. Llevaba yo media hora echando víveres en mi carretilla cuando oí en la sección de las carnes una voz conocida haciendo un pedido grande. Me coloqué en un punto estratégico y los vi, mi marido con otra mujer comprándole cuanta carne y comida a ella se le antojaba. Pese a mis lágrimas pude fotografiarlo en la caja pagando con su tarjeta el supermercado de la otra…

Adagio: Las mujeres hacen cualquier cosa por despecho.

Plegaria: De hombres tacaños, ¡líbranos, Señor!


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