Curiosidades

La plata no se come

La plata no se come

viernes 7 de junio de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Quienes lo habían visto derrochando en el desfile el día anterior.

A Arnoldo le cayeron encima todos los dolores del mundo cuando un compañero le hizo una señal para que desapareciera de inmediato, ‘fumígate', le dijo aquel con los labios, pero no pudo ni agacharse, porque en ese momento entraba Rosmery iracunda y se le abalanzó agarrándolo por el cuello y sacudiéndolo como a un muñeco de Año Viejo. Quienes lo habían visto derrochando en el desfile el día anterior, no pensaron jamás que Arnoldo le debía tanto a Rosmery, porque el hombre se rajó comprándoles lo que se les antojó a los hijos de su amante, quienes pedían y pedían, y Arnoldo sacaba su cartera diciendo: ‘Compren lo que quieran que la plata no se come'.

Y como Arnoldo repetía que la plata no se come, los chiquillos compraron cuanta baratija vieron, y ella, plantas y más plantas con sus aparejos para sembrarlas, todo con el beneplácito del marchante que nunca dejó de decir que la plata no se come, pero no pensó igual la opulenta Rosmery cuando lo exhibía frente a todos los colaboradores porque ese día, le había advertido, era el último plazo. ‘Déjame ir al cajero', pidió Arnoldo para ganar un respiro, lo que no fue del todo, porque la dama se le pegó y allá no se le apartó. Con sus ojos comerciales vio la respuesta de la máquina: Su solicitud excede los fondos disponibles.

No pudo Rosmery sufrir la burla y le mandó un bofetón que celebraron los clientes del cajero, y lo obligó a meter de nuevo la tarjeta para que le diera lo que le quedaba, pero, esta vez, la máquina contestó: saldo disponible: doce centavos.

Era esa cifra ínfima lo que le quedaba al hombre que el día anterior había derrochado la frase la plata no se come. Tuvo, el mismo Arnoldo, que hacer uso de su fuerza y agarrarle la mano a la compañera de trabajo que quería hacer fiesta con él.

La mujer se alejó gritando que le pariera los 800 panchos antes de las cinco de la tarde de ese cabrón día o ella le rompería todos los vidrios del carro. Se levantaron muchas voces solidarias con el deudor, pero el apoyo fue de verbo nada más, ninguno de los que le dijo que se compadecía por estar a merced de Rosmery, metió la mano en su cartera para apoyarlo con un realito, nadie, ni siquiera la prima de su amante, que sí sabía por qué él había pedido ese préstamo y por qué no había podido pagarlo.

Las horas se deslizaron raudas, nunca en los 20 años en esa empresa, Arnoldo había sentido que el tiempo pasara así de veloz, y a cada hora en punto, Rosmery le mandaba la cuenta regresiva. Cuando leyó que le quedaba una hora, pensó en adelantarse el boleto de regreso, pero le daba mucho dolor dejar sus dos cucas acá, sobre todo la de la amante, seguro que cuando él cumpliera su año de difunto o, cuidado antes, ya ella tuviera otro machucante y ni se acordara de él, ese pensamiento le sacó las lágrimas. Era muy duro para Arnoldo imaginarse a la amante con sus nalgas de acero y sus tetas majestuosas debajo o encima de otro. ‘Nadie ha vuelto de allá ni nadie sabe qué hay allá', pensó mientras por su mente desfilaban las imágenes del cuerpo de esa mujer que consideraba suya, y se le desató un caudal de lágrimas que no lo dejaban ni ver ni oír, perdida su mente en imaginarse a la amante recibiendo otro manduco.

Fue esa la imagen que conmovió a los compañeros, que fueron corriendo donde el jefe a decirle que el hombre más alto y robusto de la empresa estaba llorando como un niño. Todos, sin excepción, pensaron que lloraba por la plata que debía pagar a las cinco, y se lo hicieron saber al jefe, que llegó hasta el escritorio de Arnoldo para decirle: ‘Séquese esas lágrimas, aquí está lo que le debe a Rosmery, ella se va ya de mi empresa, aquí hay trabajadores, no hay prestamistas'.

Cuando leyó que le quedaba una hora, pensó en adelantarse el boleto de regreso, pero le daba mucho dolor dejar sus dos cucas acá, sobre todo la de la amante, seguro que cuando él cumpliera su año de difunto
 

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