Curiosidades

Pizzas a domicilio

Pizzas a domicilio

sábado 6 de mayo de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Caía un aguacero de esos que en Panamá llamamos palo de agua, y estaba yo casi que terminando mi turno de medianoche cuando pidieron una pizza 

Caía un aguacero de esos que en Panamá llamamos palo de agua, y estaba yo casi que terminando mi turno de medianoche cuando pidieron una pizza a domicilio. Realmente no me tocaba ir, pero anunciaron que el cliente ofrecía una comisión extra y como yo siempre ando ganoso de más plata, me fui debajo de la lluvia. Las calles estaban desiertas, así que llegué más rápido de lo pensado. En mi vida como repartidor de pizzas había visto cosas que nadie se imagina, pero lo que viví esa noche se salió de todo pensamiento lógico. La cliente me esperaba afuera, pero abrió el portón y me hizo señal de que entrara a la casa, lo que hice sin meditar, y enseguida comencé a sentir un ambiente pesado; todavía tenía la pizza en la mano cuando la bella mujer, sorpresivamente, me quitó el capote y me secó el pecho y los brazos. Su perfume me hizo carraspear varias veces y ella me ofreció un té para que no me resfriara, todo mientras sus ojos me miraban fijamente. Le devolví la taza vacía y ella se me acercó peligrosamente para decirme casi rozándome la cara: Soy Juliana y ya tengo 18 años. Me despegué, porque me sentí mareado por su fragancia, y le dije que debía irme a llevar el dinero de los pedidos. Recuerdo que cuando le dije esto noté que hablaba muy lento y que el mareo aumentaba. Me abrazó y me gritó ‘soy virgen y me muero por saber qué se siente al estar con uno como tú'. Iba a decirle que yo era gay, pero ella me metió a la boca un pedazo de la misma pizza que yo había traído, y el aroma a comida me mareó más hasta sentir que quería vomitar. Me le zafé y le pregunté dónde estaba el baño, y caminé hacia donde ella me indicó. Cuando traté de abrir la puerta para salir, supe que ella había cerrado por fuera; allí estuve no sé cuánto tiempo y desde el exterior Juliana me amenazaba con dejarme allí durante un mes, hasta que regresaran sus padres, si no le prometía que le haría el amor hasta dejarla desfallecida de puro placer. Tuve que decirle que sí, pero mi idea era huir y hallar la salida de la casa. Me abrió enseguida, pero creo que se había puesto más perfume, porque apenas se me puso al frente, ahora desnuda totalmente, me envolvió esa fragancia indescriptible y no supe más de mí hasta que desperté, a las 3 de mañana, amarrado de pies a cabeza, totalmente desnudo mientras Juliana hacía cosas inimaginables con mi pobre miembro al que le había untado una crema dorada que lo puso brillante e hinchado. Cuando abrí los ojos se comenzó a reír y me dijo que yo no tenía escapatoria, que iba a ser de ella por todo ese mes que estuviera sola. Le ofrecí hacerle sexo oral y aproveché que se mostró muy entusiasmada, le dije que era necesario estar sin ataduras para trabajarla con mayor libertad, lo que Juliana aceptó enseguida. La subí a la peinadora para ‘ponerla a vivir' y, para suerte mía vi que allí había un juego de llaves, el mismo que le vi al entrar, ella aceptó encantada mientras se colocaba en la mejor posición. Me fui abajo y enseguida subí hasta su cara, supuestamente para besarla, pero la agarré por el cabello y la estrellé varias veces contra el espejo. Tomé el manojo de llaves y alcancé la puerta, pero no tuve que abrir, estaba abierta quizás desde que yo entré. De paso agarré el capote, subí desnudo a la moto y me fui como un rayo. Logré llegar al trabajo, donde, gracias a Dios, me creyeron la historia. Han pasado varios años de ese incidente, y aunque no sufrí consecuencias laborales ni legales, no he podido vivir en paz agobiado por dos pensamientos, uno, que Juliana pudo haberme matado esa noche, y el otro, la duda de si maté yo a esa jovencita atolondrada.

Peligro: Soy virgen y quiero que tú seas el primero.

Dato: El ámbar gris, ingrediente más cotizado del perfume.


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