Curiosidades

Petronio, el deprimido

Petronio, el deprimido

jueves 24 de octubre de 2019 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Sentía que nadie lo quería.

Petronio estaba deprimido. Sentía que nadie lo quería. Sus familiares hace tiempo que se habían apartado de él. No se habían peleado, pero vivían sus vidas independientes porque eran desapegados e indolentes. A Petronio le quedaba como recurso casarse para tener compañía y alguien que lo quisiese. Pero también en ese terreno le había ido mal. Se enamoró varias veces pero no halló la mujer adecuada que deseaba su corazón. Cierto que no era un rostro de cine, pero tampoco un tipo feo. Digamos que normalito. Y buena gente. Pero ya era maduro y cada vez parecía más difícil para él encontrar compañía.

Tampoco le asistió la suerte en el terreno laboral. Tuvo varios trabajos en la empresa privada, y casi siempre por razones que no tenían nada que ver con su profesionalismo, sino con la maldad, la intriga, el resentimiento y la mala fe de la gente y de algunos jefes mediocres terminaba en la calle (cualquier realidad similar es pura coincidencia). En el ámbito del empleo público había trabajado poco, pero ya saben ustedes como son los cambios de gobierno: se llevan siempre de manera injusta a los que no deben llevarse, por razón de ‘ajustes políticos'. Así que pronto se vio en la calle.

De los negocios no hablemos. Intentó varios sin éxito. En alguno se quedó corto de ideas. En alguno se quedó corto de recursos propios y de apoyo económico. En alguno se quedó corto de socios. Así que eso de ‘desafortunado en los negocios y afortunado en el amor', o viceversa, no era con él. La dama Fortuna le era esquiva. No sabemos si lo hallaba feo. Lo cierto es que Petronio, antaño hombre feliz, hogaño se había vuelto deprimido, triste hasta el fondo de la amargura. Ahora se le veía deambular con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada por un parque cercano a su casa, taciturno, silencioso. A veces se sentaba en una banca, codos en las rodillas y cabeza entre las manos.

‘Has notado, Rigoberto, que don Petronio ya no habla como antes?' ‘Sí, anda cabizbajo, como quien sufre'. ‘Pues debe ser que está sufriendo. ¿Qué tal si le hacemos una visita? ‘Vamos pues'. Rigoberto y Juan Pedro se encaminaron a su casa. Al llegar notaron la puerta entreabierta. ‘Creo que debemos tocar, como gente educada que somos', comentó Rigo. ‘No', dijo Juan Pedro con una corazonada, ‘tal vez ha pasado algo malo. Quizá se desmayó. Pasemos'. Empujaron la puerta y vieron algo sobrecogedor: don Petronio había colgado una soga del techo de su casa y estaba a punto de ahorcarse. ¡Don Petronio, no, no haga eso!, le gritaron y con rapidez lo liberaron del lazo que acababa de poner en su cuello.

Cuando don Petronio les reveló sus problemas y soledad, ellos sintieron gran compasión. Rigoberto prometió acompañarle para charlar por las noches sobre muchos temas. Juan Pedro le insistió en que su vida era valiosa, y como todas las vidas, también la suya cumplía un propósito. ‘Usted tiene muchas cualidades, dones y conocimientos; la gente lo necesita aunque usted no lo sepa'. Don Petronio sonrió y dijo que si tuvieran necesidad de él no le sería difícil conseguir trabajo. ‘Es difícil por la economía, pero también para usted hallaremos un trabajo remunerado. Usted es una persona madura, de acuerdo. Pero ni viejo, ni acabado, ni decrépito. Tiene mucho que aportar', le consoló Rigo. Juan Pedro agregó: ‘Pudiera dar de su tiempo y experiencia para ayudar a tanta gente, joven y mayor, que cometen muchos errores. Verá que no le alcanza el tiempo, y menos para pensar ideas lúgubres de muerte y suicidio'. ‘Oh, gracias', respondió conmovido. Hoy Petronio trabaja, se siente útil, es voluntario en acciones comunitarias y de Iglesia, y recibe a sus amigos Rigoberto, Juan Pedro y otros para charlar amenamente por las noches.

Lo cierto es que Petronio, antaño hombre feliz, hogaño se había vuelto deprimido, triste hasta el fondo de la amargura.
 

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