Curiosidades

Le pegaron al ‘enzapatillao'

Le pegaron al ‘enzapatillao'

sábado 25 de julio de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Lo agarraron a bastonazo en la puerta. Así terminaron una amistad de años Mecho y Nacho, dos jubilados que se conocieron un día de pago

Lo agarraron a bastonazo en la puerta. Así terminaron una amistad de años Mecho y Nacho, dos jubilados que se conocieron un día de pago, en la cafetería del supermercado. Con el tiempo fueron formando un relación de hermanos, los días de pago, en el rinconcito de la refresquería, hablaban de todo lo ocurrió en las últimas dos semanas. En aquellos ratos también conocieron a Lupita, la más linda de las cajeras. La trabajadora era pequeña y con los atributos bien repartidos. Cuando ella se levantaba al baño, que no eran tantas veces como lo demanda el cuerpo, los abuelos la seguían con la mirada hasta que se perdía por la estrecha puerta del lavabo. Allí dejaban la mirada clavada hasta que la empleada salía secándose las manos y volvía a su silla de trabajo.

Mecho andaba por los setenta, pero se vestía como un Pelao: jean ajustao, suéter polo, gorra, perfume de toldo y zapatillas de correr dos tallas más grandes que la de sus pies. Nacho era más conservador y no le importaba mucho aparentar menos de los 68 años que cargaba sobre sus hombros. Dicen en los pasillos del súper que ambos, de tanto enamorar a la cajera, ésta se condolió de uno, del más ribeteado, aunque otros dicen que aquí influyó mucho el monto del cheque de la jubilación.

La dama era pura sonrisa los días de pagos de los jubilados. Las malas lenguas dicen que era que ese día salía forrada del salve que le tiraban los pensionados que usaban de esos bastones metálicos livianos.

Resulta que a finales de junio, corría por todos los pasillos que la cajera le había dado el sí al abuelo ‘enzapatillao' y que vivían juntos en un cuarto de alquiler en Santa Ana. Muchos incrédulos no creyeron esto porque la dama tenía tres come arroces que alimentar y donde vivía el don no hay escuelas cerca.

Así pintaba el panorama la mañana que Nacho se enteró que su amigo le había robado el mandado. Frente a sus ojos su amigo Nacho se llevó a la mejor cajera del super. Ese sentimiento le fue envenenado la mente a tal punto que apenas vio que Mecho se iba bajando del taxi, se fue preparando para la disputa. Lo espero a la entrada y con el bastón en lo alto. El golpe llegó tan rápido que ni uno más joven lo hubiese podido esquivar. Se oyó el metal ablandando la gorra y el cráneo. En segundos, los curiosos se apelotonaban en forma de círculo. Mientras unos gritaban que los detuvieran, otros pedían que le diera más duro, dale otro bastonazo, no te dejes robar abuelo. Finalmente el seguridad puso orden y llamaron a una ambulancia. El primer en llegar fue un patrulla que se llevó a Nacho derechito a la casa de paz para que le metieran una multa de esas que sí se tienen que pagar.

Al herido, con un chichón creciente debajo de la gorra de béisbol, lo montaron en una ambulancia que salió como alma que se lleva el diablo por la vía España. Para dónde lo llevaban, nadie se molestó en preguntar. Se sabe que los hospitales están hasta el ‘tape' de pacientes de covid. Dicen los que vieron la pega que la cajera le dijo al supervisor que día tenía los síntomas del virus y el jefe de corto ni perezoso la mandó para su casa.

Mecho andaba por los setenta, pero se vestía como un Pelao: jean ajustao, suéter polo, gorra, perfume de toldo y zapatillas de correr dos tallas más grandes que sus pies.
 

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