Curiosidades

Pecado otoñal

Pecado otoñal

jueves 3 de mayo de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Para un hombre como él, que se casó casto y nunca faltó a la lealtad conyugal, fue como matarlo poco a poco

El pecado se le apareció a Bernardo en las afueras de un salón de belleza, adonde llevaba mensualmente a su mujer, Basilia, a que la ‘retocaran'. Estaba ahí mirando el reloj constantemente cuando llegó la sensual Aixa, quizás 40 años más joven que él, toda una tentación andante, solo verla le despertó el animal propio que se había dormido dos décadas antes, cuando su mujer canceló todo lo que oliera a intimidad conyugal, y a él, que siempre llevó la corona de sometido, no le quedó otra que aceptar y seguir al pie de la letra lo dicho por Basilia: ‘A partir de este preciso momento, dos y media de la madrugada con veinte minutos y cuarenta segundos del tres de abril de 1998, tú yo viviremos como hermanitos, he dicho'.

Para un hombre como él, que se casó casto y nunca faltó a la lealtad conyugal, fue como matarlo poco a poco, porque su cuerpo todavía le pedía, y casi a diario. Con esa hambruna vieja lo halló Aixa, y coquetamente le pasó el número de su celular, que Bernardo guardó por una semana, indeciso si escribirle o llamarla; pasó varias noches insomne tratando de olvidar los números, pero la tentación tiene una memoria demasiado dinámica y él había registrado en su mente, con verlos una sola vez, los ocho dígitos, de manera que le había fallado el recurso de defensa de botar el papelito donde la sensual Aixa se los anotó.

Cuando sintió que moriría pronto, intoxicado con sus líquidos seminales que al no hallar salida lo ponían más panzón y con un caminar patuleco, la llamó, y acordaron verse esa misma tarde, porque según Aixa, ella se había quedado impresionada con el cabello de plata de él, y le dijo también que una de sus fantasías sexuales era meter su nariz y pasar su lengua por una vellosidad canosa e íntima. ‘Te pondré a volar esta misma tarde, yo soy puro fuego, y aún no he hallado al hombre que me satisfaga de verdad, creo que tú serás el primero', aseguró Aixa sensualmente al despedirse.

El discurso le cerró la razón a Bernardo, quien le anunció a su ‘hermanita' que iba a salir por ahí a tomarse unos tragos, lo que ella no aprobó porque él tenía un tratamiento de salud, y el licor no se llevaba bien con los medicamentos, pero Bernardo sentía el vientre a punto de reventar, y por primera vez en más de medio siglo de vida común, le gritó a Basilia: ‘Esos medicamentos que se vayan para el carajo, yo no los necesito, tengo mis años, pero mi salud aún es de joven, y entérate de que no los voy a tomar nunca más, me vale sebo lo que gasté en ellos, y deja de joderme mandándome a tomar medicinas, ya me cansé y me voy para la calle ya'.

Y se fue pensando en que se le abriría la gloria en unos minutos. Allí estaba Aixa en el lugar acordado, con una ropa que la hacía ver más desnuda que vestida, y subió al automóvil de Bernardo diciéndole: ‘Si quieres yo manejo, yo sé al dedillo la dirección del lugar ese'. Y el hombre aceptó porque no le gustaba manejar cuando caía la lluvia y porque no sabía qué vías tomar para llegar a ese sitio que jamás había estado en su mente y adonde nunca había ido.

‘¿Ese push queda por estos lados?', le preguntó un poco nervioso cuando vio que la bella Aixa, que manejaba con una mano en el timón y la otra en el miembro de él, se metía por lugares demasiado solitarios, pero no olió el peligro hasta que ella se estacionó y le dijo: ‘Hasta aquí llegó el paseo, viejito tonto, te mueres o vives'. Y le quitó todo: dinero, celular, anillo matrimonial, documentos personales y papeles del carro, todito lo de valor, hasta el suéter de marca que Bernardo había comprado para ir presentable se lo llevó. Sin piedad lo encañonó y lo hizo bajarse semidesnudo en ese paraje solitario bajo la torrencial lluvia y ella se fue feliz en el carro ajeno.

Los problemas de cachos se arreglan con labia.
 

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