Curiosidades

Parking con las vecinas

Parking con las vecinas

lunes 10 de febrero de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Vivir en barrios populares tiene sus cosas buenas y malas; la primera positiva porque existe una armonía entre los vecinos

Vivir en barrios populares tiene sus cosas buenas y malas; la primera positiva porque existe una armonía entre los vecinos, están pendientes de las casas y entre todos comparten hasta la comida, cuando el otro no tiene para poner la paila.

Diariamente se reúnen en el patio del viejo caserón para platicar e intercambiar ideas y opiniones de lo que les sucede y hasta comentan las últimas series de novelas turcas que hay en los canales comerciales, porque la manta no da para más, tener cable, así que deben conformarse con lo que tienen.

La parte negativa, porque hay unas que no se reservan nada y comienzan a contar todo, hasta de sus relaciones íntimas con sus esposos y novios. Así, que durante el día, estas vecinas comienzan a realizar sus oficios caseros de limpieza, preparar los alimentos para los hijos y dejar la cena preparada para cuando regreses de sus compromisos laborales sus parejas.

Pero, las conversaciones o el ‘bochin', era tanto, que ya no solamente se reunían en la tarde en el patio, sino, que en la mañana, con camisón de dormir y sin asearse, se sentaban en la escalera a surtirse de los últimos acontecimientos del vecindario, dejando a segundo plano las labores del hogar, atención de los hijos, las compras en el mercadito para ahorrarse unos centavos, porque en la tienda del chino, es más caro.

Una de esas que se sentaban allí, era la compañera de Juan, un corpulento negro que no tenía escolaridad, oriundo del Darién, que no le quedó otra opción que trabajar en la construcción y obtener su dinero de manera correcta para cumplir como jefe del hogar.

Una tarde llega a donde vive y encuentra la casa desordenada y cuando mira para la cocina, ni siquiera observa las pailas, ni mucho menos comida y su compañera tampoco está. Por lo que se aproxima al patio y allá mira a su mujer que eran carcajadas de risas y con una botella de cerveza en la mano. Este respetuosamente la llama y ella se dirige al cuarto y le pregunta qué había pasado, porqué no había cena y todo desordenado.

La compañera le contesta, que se había quedado todo el día conversando con sus vecinas, tomándose unas cervecitas y no había hecho nada. Juan le advierte que la acción no se repitiera más, de lo contrario, se iba a tener que quedar con las bochinchosas de las vecinas porque él se iba a ir del cuarto.

Este momento no se repitió por un mes, a la quinta semana, esta mujer que había sido aconsejada por sus vecinas para que no se dejara mandar por su marido; no cocinó tampoco la cena ni preparó el lonche para el siguiente día; cuando llegó Juan y se entera que no hay nada, le dice a su mujer que se quedara con sus amigas y que ya se lo había advertido, porque él se iba para donde un familiar. La mujer se quedó sola y hasta le quitaron el habla algunas de sus compinches.

Diariamente se reúnen en el patio del viejo caserón para platicar e intercambiar ideas y opiniones de lo que les sucede y hasta comentan las últimas series de novelas turcas
 

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