Curiosidades

Que me pague la vida

Que me pague la vida

domingo 2 de septiembre de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
redaccion@elsiglo.com.pa

Narciso era el único del barrio que nunca le había solicitado sus servicios, siempre la miraba con desdén porque ella carecía de curvas y su cara correspondía al clásico decir panameño: ‘Ni fea ni bonita

Marielena era una verdadera guerrillera, cuando le tumbaron el marido no se desesperó. ‘Por ahí la vida me pone otro, sino pronto, a largo plazo o cuando ya esté vieja quizás me salga un pelaíto de esos que están en la reventazón', decía ella y se enfrentó sola a la vida, buscando aquí y allá, y cuando no le alcanzaba con el fruto de su trabajo físico, ofrecía cariño discreto y sin complicaciones ni compromiso con algún vecino huérfano de atenciones de la esposa.

Narciso era el único del barrio que nunca le había solicitado sus servicios, siempre la miraba con desdén porque ella carecía de curvas y su cara correspondía al clásico decir panameño: ‘Ni fea ni bonita'; pero ese día amaneció con los apuros del vientre, y tras llamar a muchas y ponerles ellas una tarifa demasiado alta, le preguntó a Marielena cuánto cobraba por un poco de cariño. ‘El cariño no se vende ni se compra, además, yo no soy vendedora de ilusiones, sino de placeres'. A Narciso no le gustó la respuesta, y le preguntó traqueado: ‘¿Cuánto cobra por el placer?'.

‘$38.50 considerando que usted es jubilado, pero eso solo incluye, usted sabe', le dijo Marielena mientras con los dedos imitaba el gesto de entrar y sacar. ‘Pare, pare, Marielena, yo no soy jubilado, yo apenas entré ayer en los cincuenta, además, aparento mucho menos, así que me vas bajando ese tono compasivo que tú no eres ninguna pelá, tú sí tienes cara de jubilada', le contestó Narciso con el rostro alterado por la rabia de oír que le decían viejo. ‘Jubiladas serán tu madre, tu abuela y todas tus tías', siguió Marielena, por lo que sacó de casillas al pretendiente, que se fue rezongando en contra de las mujeres viejas que quieren disimularlo llamando tío a otro de su misma edad.

Cuando llegó a su casa comprobó que ahora estaba peor que cuando salió. Pensó en voz alta: ‘Salí con ganas, ahora regreso bravo y con ganas, todo esto me pasa por no haber cuidado mi hogar, si me hubiera portado bien, mi mujer no me habría dejado, ahora estaríamos tranquilos haciéndolo cada vez que nos dieran ganas'.

Pero como el arrepentimiento no quita las ganas, el deseo se avivó cuando el domingo siguiente pasó Marielena, ataviada con poca ropa, con su venta dominical de rifas de un perfume para mujer en primer premio, un jueguito de collar y aretes de lata en el segundo y

Una crema facial borramanchas en tercero. ‘Andas más desnuda que vestida', la saludó Narciso, y ella le respondió lujuriosa: ‘Es que lo que se ve no se esconde, sí o no, tío'. Quiso responderle una grosería por llamarlo tío, pero en lugar de eso le dio una nalgada diciéndole: ‘Tapa esas rocas que mira cómo me ponen'. La mujer le miró el miembro erecto a punto de romperle el pantalón, y se acercó suavemente, lo tocó y añadió: ‘Esta vaina hay que comérsela ahora mismo, porque para diciembre se daña'. A Narciso se le olvidó por completo que ella le había dicho viejo y cerró la puerta de su casita. Recogió sus últimas fuerzas y la trepó a la mesa donde él ponía su máquina de coser, y le quitó el diminuto pantalón, llevándose la sorpresa de que no había nada de ropa debajo; y como ella no era mujer que requiriera calentamiento, le dijo bajito: ‘Dale rápido, tío, que cuidado se baja esa vaina y quién la levanta de nuevo'. Narciso no le reclamó, al contrario, se le abalanzó con la urgencia de tantas ganas reprimidas, pero no duró mucho, porque hombre hambriento no puede ver tanta comida junta, y enseguida se volvió aguas. ‘¿Ese era el apuro, tío?', le dijo Marielena.

Con un hilito tembloroso de voz, Narciso le preguntó cuánto le debía. ‘Deje esa vaina, tío, si solo fue un polvo de gallo, qué le voy a cobrar por eso, que me pague la vida cuando yo esté vieja, y me ponga enfrente algún pelaíto sabrosón que quiera cogerme sin cobrarme ni medio centavo'. Y se fue dejando a Narciso convencido de que Vejez había llegado para quedarse.


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