Curiosidades

Ojos diabólicos

Ojos diabólicos

jueves 6 de diciembre de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Estaba en espera de su turno para comprar un arbolito, en un supermercado lejano a su casa, pero cercano a la casa de Leslie

Bredio no era amigo de los tumultos; se llenaba de impaciencia con el sonar de los tambores y el gentío empujándose para ver las bellezas femeninas moviendo laMuchos olvidan que los ojos pueden amenazar, insultar y amar. Y que de la mirada se desprende una fuerza poderosa que la siente aquel que es el objeto de esos ojos sobre él. Ovidio la presintió, la sintió y la vivió en carne y hueso, pero no supo descifrar las emociones.

Estaba en espera de su turno para comprar un arbolito, en un supermercado lejano a su casa, pero cercano a la casa de Leslie, su amante de muchos años y la única que lo ponía a gozar. Una doñita, que hablaba sin parar sobre la época de su niñez, cuando ella iba con sus hermanitos a cortar un árbol en el monte y luego lo ponían blanco a punta de espuma de jabón de baño, dijo como si hubiera descubierto algo novedoso: ‘Ay, ya viene la Navidad'.

Fue suficiente para que Ovidio recordara que se cumplía un año del hecho que casi lo parte en dos, en ese mismo supermercado él compró dos jamones que casi lo matan aun sin comerlos. Un descuido le causó el sustazo al dejar el recibo de las compras en la mesa, de donde, por pura casualidad, lo tomó su mujer y gritó: ‘Ovidio Onel Oreste Ovalle Ortiz, por qué diablos compraste dos jamones y solo trajiste uno'; el que ella lo llamara por su nombre completo era señal de que algo andaba mal para él, y eso le dio tiempo a idear la respuesta contundente que salió de su asustada garganta: ‘Uno se lo dejé a mi mamá'.

El ring ring fue inmediato para la doñita, que cuando la nuera le preguntó ¿Ovidio le llevó un jamón?', sintió que el fruto de sus entrañas estaba en aprietos, y contestó segura y tajante: ‘Sí, sí me trajo un jamón, tengo ese derecho, soy su madre que lo parió y también me gusta comer jamoncito en Navidad'.

La nuera estaba implacable y le preguntó la marca, pero la viejita no se aculilló y pidió un tiempo para ir a verificar la marca, y, por esas casualidades gratas de la vida, regresó con la respuesta que coincidió con la que decía en la factura, por lo que Ovidio pasó como el más inocente.

Por su salud, se obligó a liberarse de los recuerdos, que quedaron pausados porque ya era su turno para escoger su pinito que luego le llevaría a Leslie. Dos veces agarró un árbol y la misma cantidad de veces se arrepintió porque sentía que alguien lo miraba. Repasó uno a uno los rostros de los presentes, pero ninguno le era conocido, lo que lo hizo animarse a elegir pronto el más grande.

Fue en el instante mismo en que le dieron su árbol bien envuelto en esa malla especial que reparó en un desconocido que con cara de no conozco a nadie miraba a todas partes. Entonces, arrastrando su gran carga, caminó hacia la caja y volteó a ver porque de nuevo sentía la fuerza del par de ojos mirándolo. Tampoco vio a nadie conocido esta vez, y se fue directo a la caja a pagar el arbolito. Esta vez, por pura precaución, tiró al tinaco el recibo del arbolito para su amante, a quien le escribió tres veces para avisarle ‘que él pasaría un rato a llevarle dos cositas, una visible y otra que ella, quizás, no vería, pero que estaba reservada con amor para ella'.

Salió feliz, con el árbol gigantesco para quien, según él, era la persona esa que sabemos que nos ama incondicionalmente y que ante cualquier adversidad siempre estará del lado nuestro.

Caminó hacia su carro, seguro y tranquilo, pensando solo en perderse en los brazos de Leslie, cuando le pareció ver una sombra parecida a la figura de Leslie, y se asustó.

Algo andaba mal en su mente o algo malo le habría ocurrido a ella. ¡¡¡Leslie!!!, gritó cuando la sombra se convirtió en una figura de carne y hueso, y comprobó que era ella, su amante, que subía voluntariamente y feliz al carro de otro hombre, que resultó ser el mismo que él vio cuando sentía que lo miraban.

Dato: La vista pertenece al alma más que ningún otro órgano.
 

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