Curiosidades

Ojitos lindos

Ojitos lindos

martes 14 de enero de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Ojitos indos hubiese podido aspirar a más, porque tenía atributos que la hacían notar hasta en la oscuridad.

Ojitos Lindos hubiese podido aspirar a más, porque tenía atributos que la hacían notar hasta en la oscuridad, pero según ella misma, el Rufino la agarró en sus cinco minutos de alelación. Aquella madrugada, como siempre, iba casi dormida en el diablo rojo rumbo a la fonda donde cocinaba ella sola todo el almuerzo, y eran tres clases de comida diaria, cuando el man, a todas luces de la construcción, se le pegó como un chicle. Le hablaba de todo y ella para no ser maleducada lo escuchó con atención.

Ojitos Lindos tenía su fama en el barrio; no por nada le decían así, y esas bellezas, verdes como los guandú, se los regaló Dios, nada de esos que venden en las farmacias. Eran unos ojitos que hipnotizaban a más de cuatro. El Rufino le hizo química, y también hay que ver que ella se dio cuenta, que era reforzador en la construcción. Y ser reforzador en un edificio tiene su recompensa. Esos manes ganan casi como doctores.

Hablaron del miedo a las alturas, de cómo se van armando las columnas de hierro antes de llenarlas de concreto, hablaron de la competencia de santos en caballos en Chiriquí, tierra de dónde venía el reforzador. Ella le contó que estaba intentando echar pa' lante, que tenía cinco años ya en la fonda y que el calor le tenía el cuerpo hecho trizas. Todo esto en la casi penumbra del interior del diablo rojo. Está lista, pensó Rufino, cuando la dama le insinuó que estaba en busca de mejores días.

Quedaron en que ella lo esperaría en la fonda, aquella misma tarde. Como si fuera inglés, Rufino se apareció unos minutos antes de lo acordado. Ella, por su puesto, tuvo que hacer tiempo ayudando a limpiar, aunque no era parte de su trabajo, lo suyo eran los tres menús del día. Como la fonda estaba por Calidonia, se fueron rumbo a la Cinta Costera, a mirar el mar y los edificios esos que se ven tan bonitos desde lejos.

Allá se contaron la vida completa. Rufino le prometió que la llevaría a las patronales para que viera la carrera de los santos en los caballos. Ojitos Lindos, una chepana, que residía en la city hace un par de años, quedó encantada con el turismo interno que le estaba proponiendo el galán de las columnas y losas de acero.

Todas las tardes repetían el mismo itinerario. Así pasó una semana, dos semanas, un mes. Rufino estaba flechado hasta la médula con aquellos ojos verdes, como dice la canción de Oswaldo. Una tarde, y después de pensarlo mucho en las alturas de los edificios, pensó que ya era hora. Que lo único que podía pasar era que le soltaran una cachetada de verdad.

Una nochecita que ya habían visto los edificios y el agua del mar y los barcos esperando cruzar el Canal, Rufino se armó de valor y cuando venían rumbo a la parada de Calidonia, justo, pasaban al lado de un negocio de esos que tienen unas plantas altas colocadas estratégicamente en la entrada. ¿Y si entramos?, le dice Rufino a la dama.

Quedaron en que ella lo esperaría en la fonda, aquella misma tarde. Como si fuera inglés, Rufino se apareció unos minutos antes de lo acordado.
 

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