Curiosidades

Ojitos lindos (2)

Ojitos lindos (2)

miércoles 15 de enero de 2020 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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La dama aceptó el tiro que le propuso Rufino con algunas pre condiciones. 

La dama aceptó el tiro que le propuso Rufino con algunas pre condiciones. Una de estas era que entrara él primero mientras ella daba la vuelta y que la llamara para decirle el número de cuarto. El man entró y preguntó por el precio de la habitación más barata. Pagó y le dieron una llave con un adorno de madera en forma de pescado. Subió al tercer piso donde estaba el cuarto y le marcó a Ojitos Lindos. Es el 314. Y le dijo que en la recepción tenía que decir que iba para ese cuarto. Para entonarse y quitarse el miedo pidió dos pintas. Tomó el control remoto de la televisión cuadrada que estaba en el mueble y se puso a pasar y pasar con la ilusión de encontrar uno de esos canales que lo pusieran a todo. Pero no, esos locales no cuentan con esos servicios.

Al cabo de 15 minutos apareció la dama. Pensé que te habías perdido, el soltó Rufino en forma de reproche. La dama puso la cartera en la mesita de noche, donde había un jarrón con dos vasos, y se estiró en la cama. En cansancio y el calor de la fonda la restan todas las fuerzas. El man le comenzó a darle unos masajes con esas manos que doblegan el hierro. La dama se fue relajando a tal punto que parecía dormida. La cosa iba tomando calor cuando escucharon los primeros gritos. Eran de hombre o de mujer, no se sabía porque la pared atenuaba el asunto.

Se quedaron quietos, escuchando aquellos gritos que Ojitos Lindos aseguraba que no eran de placer. Quedarse sin hacer nada los convertía en cómplices, pero cómplices de qué si no sabían qué pasaba en la otra habitación. Lo más saludable era que llamaran a la recepción y que fueran ellos los que subieran a tocar la puerta o que llamaran al 911.

A lo que vinimos, le dijo Rufino, y por supuesto que no fueron a ese lugar a escuchar los quejidos de nadie. Y menos de desconocidos. Intentaron retomar el partido pero la leña se había enfriado. Intentaron, por varias maneras, de subir los ánimos pero Rufino parecía un muerto. La dama, con una desilusión que le llenaba la cabeza, se metió al baño para refrescarse un poco. Rufino se quedó cavilando su tragedia en la cama. Ni fuerza tenía para mirar por la ventana. Los gritos del cuarto de al lado se habían sofocado. Allá sí que la gozaron de lo lindo.

Ojitos Lindos y Rufino se vistieron, ya estaba oscuro, y comenzaron a descender los tramos de escalera para entregar la llave con el adorno del pescado a la recepcionista que miraba a los clientes fijamente como si tuviese que hacer un reconocimiento facial en un juicio. En eso estaban cuando dos manes bajaban la escalera. Uno de ellos al ver a Rufino le dice en tono festivo: Vecino, echando una canita al aire.

Pensé que te habías perdido, el soltó Rufino en forma de reproche. La dama puso la cartera en la mesita de noche, donde había un jarrón con dos vasos, y se estiró en la cama.
 

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