Curiosidades

No era tan macho

No era tan macho

martes 9 de mayo de 2017 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
redaccion@elsiglo.com

Tras señalar datos de la intimidad de varias conocidas me invitó a su fiesta de cumpleaños, a la que llegué con casi dos horas de retraso.

El más admirado del barrio era Vittorino, quien había trastocado el nombre de pila que trajo del campito reseco donde nació, creció y vivió hasta que sacó cédula; de allá emigró a la capital a cuidar el jardín de una familia europea que luego volvió a su continente y le dejó de herencia el nuevo nombre que él pronunciaba al son del espagueti. El hombre, ahora, se defendía preparándole emparedados al populacho que acudía a saciar el hambre a sitios de comida rápida. El día libre lo pasaba en el gimnasio de la esquina, adonde lo veía yo cada vez que salía a caminar para ejercitarme también. Una tarde salió a saludarme y me dijo que él podía enamorar a varias chicas a la vez y que se había acostado con muchas del vecindario. Yo solo lo escuchaba sonriente, sin creerle ninguno de sus cuentos.

Tras señalar datos de la intimidad de varias conocidas me invitó a su fiesta de cumpleaños, a la que llegué con casi dos horas de retraso. Entré con paso de procesión costeña, un paso al frente y dos atrás, sorprendido porque en la pachanga había muchos hombres y solo tres mujeres, las que se fajaban duro para bailar con todos los machos y bajar la cantidad de licor que Vittorino había comprado. Hasta ese momento todo iba normal, pero cuando le di mi regalo al cumpleañero, este corrió a su recámara, de donde volvió solo con el suéter que le había obsequiado; no conforme con aparecer casi encuerado, empezó a bailar de forma extraña y hacía gestos que delataban sus preferencias, no exactamente por las mujeres, quienes le celebraban ruidosamente sus meneítos. Yo estaba incómodo, pero cuando una de sus amigas le trajo ropa y lo vistió como Dios manda, cambié de humor y me uní a los vecinos que tomaban cerveza, comían cerdito asado y hablaban de deportes. De vez en cuando le echaba un ojito a Vittorino que había puesto música electrónica a la par que cantaba temas de despecho. La combinación ingerida me pasó factura pronto y tuve que meterme al baño ajeno. Allí demoré casi 20 minutos, cuando oí que me preguntaban si me sentía bien. Salí sudado y, según supe después, pálido y frío. Me sentaron en un sillón, acepté porque me sentía sin fuerzas para caminar hasta mi casa. Debo haberme dormido, porque en la memoria solo he podido hallar un momento confuso en que Vittorino comenzó a decirme que yo era muy guapo y que no entendía por qué estaba solo. Los vecinos me dijeron, al día siguiente, que me cargaron hasta la casa y que me dejaron acostado en la cama. El lío empezó cuando me enviaron a mi trabajo unas flores con una tarjetita que decía: ‘Simplemente tuyo, estabas rica, mami'. No asocié el obsequio con Vittorino, pensé que era un acto de venganza de la chica a la que había dejado por mentirosa; me fui tranquilo a mi casa, pero esa misma noche mi tranquilidad se desvaneció cuando sentí una sombra en mi ventana. Me levanté enseguida y pude ver a un hombre que corría en dirección contraria. Lo reconocí en el acto, y me fui a su casa a reclamarle. Lo agarré tratando de abrir la puerta y allí mismo lo ataqué; tuve que pararme como Piñango, porque Vittorino movía rápido las manos. Un vecino que salió a pasear al perro nos vio enfrentados, y llamó a la Policía. Me tocó amanecer guardadito, todos los hechos lo favorecieron y quedó como víctima. ‘Él fue a golpearme a mi propia casa', alegó Vittorino, y nadie creyó mi versión. ‘Nosotros lo hallamos en la puerta de la vivienda ajena golpeando al dueño, seguro que para entrar a robar', aseguraron los policías. Pagué y salí, pero la frasecita ‘estabas rica, mami' me pone a pensar en que si el exjardinero me habrá dado materile por la retaguardia. Si logro comprobar que eso pasó les aseguro que ‘ese' tiene los días contados.

Italianísimo: Me llamo Vittorino Quaroni. Bellaco: Muchas del barrio conocen mi cama.
 

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