Curiosidades

Ni una ni la otra

Ni una ni la otra

sábado 3 de febrero de 2018 - 12:00 a.m.
Redacción El Siglo
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Eran muchos los empleados que estaban hartos de Claudia y de Rebeca. Las dos llegaban a menudo a buscar a Lorenzo

Se dice, y con mucho fundamento, que hasta el borracho sabe cuándo se está pasando de la raya, y lo probó el borrachín del barrio, que a diario gritaba, antes de la última pinta: cuando un hombre tiene dos mujeres, no es él el único culpable, qué va, los tres son culpables, él por arrechón, y ella, la esposa, por seguir acostándose con él sabiendo que lo mete en otro lado, y la otra, la intrusa, también, por lisa, puta y desgraciada de saborear lo que no es de ella. Los tres son pecadores, los tres. La historia de Lorenzo es la tapa del coco de la autoestima femenina. Eran muchos los empleados que estaban hartos de Claudia y de Rebeca. Las dos llegaban a menudo a buscar a Lorenzo y ambas se presentaban como la esposa. ¿Cuál de las dos es tu esposa?, le preguntaban los jodedores de siempre. Ninguna, decía Lorenzo sonreído, pero nadie le creía. Una de las dos tiene que ser la legal, comentaban en voz baja. Ese martes de sorpresas llegó puntual y sonriente a su trabajo. En la entrada se encontró con el gerente, quien le preguntó cómo estaban las esposas. Bien, cada una en la casa de su mamá y yo con la mía, contestó Lorenzo. El hombre le aconsejó que se decidiera por una, que el hombre que reparte rejo en diferentes puntos se corre en la primera loma. A los cuarenta estarás vuelto leña, muchacho, le dijo el jefe y ambos se despidieron sonreídos. Una hora después se activaron las alarmas y se corrió la noticia: un accidente de gravedad en la empresa. Se rumoró que Lorenzo estaba muerto, pero pronto se aclaró que San Pedro se había retractado y que el hombre seguía vivo. Algunos dijeron que era cuestión de segundos para que exhalara el último suspiro. Nadie supo cómo se enteraron Claudia y Rebeca, quienes llegaron a la empresa envueltas en lamentos de duelo profundo, ninguno pudo detenerlas y cuando se convencieron de que el cuerpo del hombre amado no estaba debajo de la máquina, subieron juntas a un taxi y agarradas de la mano llegaron al hospital. En el tropel tumbaron al camillero y la enfermera tuvo que pararse como Piñango para que no la pusieran a coger lona. Déjeme verlo, soy la esposa, decían las dos mientras le cerraban el paso al equipo médico. Un doctor que miraba la escena se cansó de la reclamadera y les pidió la cédula. ‘Ninguna tiene apellido de casada, así que salen o las saco', gritó el galeno y les impidió acercarse al herido. Tuvo que cumplir su advertencia y sacarlas con la Policía. Furiosas montaron guardia en el vestíbulo, dispuestas a aprovechar cualquier descuido y colarse a ver al supuesto esposo. Era casi la medianoche cuando oyeron que una mujer se presentaba en la recepción: Nelsa de Calderón, esposa de Lorenzo Armando Calderón, dijo aquella y mostró la cédula. ‘Sala 345, cama 900', le indicó la funcionaria a la dama, que apresurada subió a a ver a su marido. Un policía que había ayudado a sacarlas de la sala del hospital se les acercó sonreído y les comentó: Quiere decir que le comieron cuento al Lorenzo, si están muy tristes yo soy especialista en remendar corazones destrozados por un mentiroso. La burla golpeó el hígado de las dos mujeres, Rebeca fue la primera en sacar la mano y descargarla en la cara del uniformado, Claudia la imitó, pero con menos suerte, el tongo ya había reaccionado y la tumbó de inmediato. El lugar se llenó de policías y ambas fueron acusadas de agredir, sin motivo, a un oficial en estricto cumplimiento del deber, quien inventó un montón de cargos en contra de las dos mujeres víctimas de un mal amor.

Suficiente amor para las tres.
 

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